Anna Casanovas

Escritora, convencida de que existen los finales felices. Librianna es mi lugar especial, ¿quieres conocerlo?

Posibilidades: mares y bosques

Ha empezado el verano y seguro que no podrá compararse con ninguno de los anteriores. La noche de San Juan mi madre insistió en preparar una pequeña hoguera en casa -viven en el campo y tomaron las precauciones necesarias-; no nos había avisado y después de cenar juntos nos dio a todos una cartulina y un bolígrafo. La miramos raro, no voy a engañaros. Nos contó que quería que escribiéramos lo que queríamos que desapareciera de nuestra vida y que después echaríamos juntos las cartulinas al fuego. Lo hicimos, empezando por mi padre y terminando por los más pequeños. No sé si la hoguera atenderá nuestras peticiones, pero compartir ese instante fue mágico y lo cierto es que basta con eso.

Aquí os dejo un nuevo capítulo de Posibilidades, he tardado un poco más en colgarlo porque estaba escribiendo…

Posibilidades: mares y bosques

Óscar nunca había prestado mucha atención a los colores de los mapas que vendía la empresa donde trabajaba. A decir verdad, ni siquiera había prestado atención a los mapas en sí mismos. En el departamento de recursos humanos lo importante son las personas, ese era su mantra, poco importaba si se dedicaban a vender zapatos o a fabricar cohetes que llegasen a la luna. Sin embargo ahora tenía un mapa en la mesa de la oficina y otro en casa, se lo había llevado semanas atrás después de leer el segundo correo de la chica que trabajaba en Japón, Valentina.

En los mapas los colores son muy importantes, le había explicado ella, nos cuentan muchas cosas sin que nos demos cuenta. No solo desde donde está el mar, algo obvio porque esa zona es azul, sino también lo densa que es una ciudad o lo altas que pueden ser unas montañas. Y no solo eso, un mapa puede conseguir que una ciudad te caiga mejor o peor, puede llevarte a mil aventuras o convertir tu experiencia en un desastre.

Óscar nunca había pensando nada semejante sobre los mapas, en realidad, estaba seguro de que nunca había pensando nada semejante sobre nada. Él no veía el mundo en esos términos. No se consideraba un tipo vacío, sus amigos sabían que podía pasarse horas dándole vueltas a algo y que cualquier decisión que tomaba era fruto de un proceso de reflexión. También era sensible, estaba en contacto con sus sentimientos y no tenía miedo de reconocerlos. Pero a grandes rasgos, supuso. Él era feliz a grandes rasgos o se enfadaba a grandes rasgos. Nunca se fijaba en los detalles ni le daba importancia a algo como los colores de un mapa. Él nunca le habría contestado aquel correo a aquella chica preguntándole qué significaba ser experta en colores y nunca se habría llevado un mapa a casa -justo el que esa chica, Valentina, había sugerido-. Achacaba esa reacción a que todavía seguía inquieto, aunque estaba mejor que unos meses antes seguía sin estar cómodo en su propia piel. Era como llevar un traje demasiado grande o demasiado ajustado, un traje que le había sentado muy bien durante mucho tiempo y que sin embargo ahora le picaba y necesitaba quitarse. Pero no tenía uno de repuesto. Ni sabía dónde encontrarlo o si quería dejar de llevar ese traje y, quién sabe, disfrazarse de buzo.

Salió del trabajo, ya se había acostumbrado a las nuevas oficinas y empezaba a disfrutar del barrio que seguía descubriendo. Según la calle que eligiese veía el mar al fondo, en una había una galería de arte, en otra una pequeña librería, los cafés solían estar llenos y si entraba oía siempre tres o cuatro idiomas distintos. Bajó la escalera de la estación de metro y mientras esperaba en el andén no pudo evitar buscar a la chica del cuaderno amarillo. Dudaba que algún día dejase de hacerlo, formaba parte de él y le reconfortaba, le hacía sonreír pensar que quizá llegaría a verla de nuevo. El vagón se detuvo y entró, eran solo tres paradas y durante el trayecto pensó que tenía que llamar a Héctor, llevaba dos viernes dejándolos plantados a él y a Ricky y las excusas que les había dado sonaban a eso, a excusas. Tenía que sucederle algo y Óscar no lograba entender por qué no se los había contado. Se abrieron las puertas y bajó justo a tiempo, no quería llegar tarde y como tampoco quería que la preocupación que sentía por uno de sus mejores amigos entorpeciera la cita mandó un mensaje a Héctor diciéndole que el domingo por la mañana podían salir a navegar. Seguro que no se negaría y Óscar cruzó los dedos para que el barco de su tío, el padre de Alice, estuviera libre ese día. Le mandó un mensaje a su tío y tras ver el ok que este respondió al instante guardó el móvil y aceleró el paso.

Paloma estaba esperándolo en la puerta del cine. Sonrió al verlo y le dio un beso en la mejilla. Era su tercera cita y en la anterior ya se habían saludado así. Hablaron poco, faltaban un par de minutos para que empezase la película y fueron a ocupar sus asientos. Era una película italiana, de esas con distintas historias de amor que al final se entrelazan de maneras sorprendentes y con casas, paisajes y banda sonora maravillosa. Abandonaron la sala caminando el uno muy cerca del otro, sus hombros se rozaban al andar y se miraban de soslayo cuando creían que el otro no iba a pillarlos. No cenaron en un restaurante, Paloma tenía que levantarse muy temprano, se iba de fin de despedida de soltera, ese año tenía tantas que empezaba a mezclarlas, comieron una ración de pizza cada uno que compraron en un pequeño italiano que solo las servía así, en una servilleta y para comer en la calle o apoyado en la única barra que tenían y en la que cabían dos personas. El local, si podía llamarse así, apenas tenía un letrero con su nombre -eran cuatro letras granates encima de un tablón de madera de dos palmos- y era un secreto a voces en el barrio y en toda la ciudad desde que sus pizzas habían recibido varios premios.

-Me ha gustado la película, pero he echado en falta una historia más… normal -dijo Paloma entre bocado y bocado. Paseaban por el barrio gótico y la luna se reflejaba en los adoquines húmedos por la lluvia de antes. A ellos por suerte les había pillado en el cine.

-¿Qué quieres decir normal? Dejando a un lado el tamaño de las casas y los trabajos de los protagonistas, ¿tú crees que existe de verdad eso de ser decoradora de pisos en venta y que está tan bien pagado? -Paloma sonrió y se encogió de hombros-. Dejando a un lado esos detalles, las parejas me han parecido bastante realistas.

-Ninguna acaba mal.

-¿Y para ti normal es acabar mal? -Óscar silbó- Y dicen que las mujeres sois más románticas que los hombres.

-Hay de todo en la viña del señor -bromeó ella.

-Cierto.

-No, no digo que lo normal sea acabar mal, solo que a veces es mejor, incluso más romántico, dejarlo. Además, la gran mayoría de nosotros conocemos a nuestra pareja, a nuestro compañero de vida, en una situación cotidiana. Fíjate que no he dicho normal. No vamos por ahí tropezándonos y chocando con el vecino de arriba que resulta ser un artista retirado que se enamora perdidamente de nosotras nada más vernos.

-Me alegro de que vivas en una casa sin vecinos.

-Cállate -Paloma se rió-. Lo que quiero decir es que en el mundo real las personas no se enamoran como en las películas o en los libros y alguna vez me gustaría ver reflejado algo así en el cine o en una novela. Fíjate en nosotros.

Óscar se detuvo y la miró.

-¿Qué pasa con nosotros? Nos conocimos en una boda, eso sale en muchas películas.

Paloma enarcó una ceja.

-No bailamos descalzos hasta las tantas de la madrugada ni me perseguiste bajo la lluvia para pedirme el número.

-El suelo estaba asqueroso y no llovía.

-Eres un caso, pero me gustas, Óscar.

Él se quedó mirándola, ella se había sonrojado y lo miraba expectante. A pesar del tono bromista y de que acababa de afirmar que no creía en las historias de amor y que prefería historias reales, esa última frase allí, en esa calle con balcones llenos de flores y con solo la luna como testigo era romántica.

-A mí también me gustas, Paloma.

Ella sonrió y él se agachó despacio hasta que sus labios se rozaron por primera vez.

No hubo chispas, pero sí una sonrisa lenta y dulce que se extendió despacio por el rostro de Paloma y después de contagió al de Óscar.

El domingo llegó al puerto media hora antes de la convenida con Héctor. Ricky no había podido unirse a la excursión, estaba de viaje por trabajo, y le había hecho jurar a Óscar y a Héctor que el viernes siguiente ninguno fallaría y los tres se pondrían por fin al día. Sonaba tenso cuando hablaron por teléfono y afirmó que solo estaba cansado, harto incluso de ese trabajo, pero Óscar no terminó de creerle. ¿Qué les estaba pasando a los tres últimamente?

-¿Llego tarde? -saludó Héctor desde el muelle antes de subir al pequeño velero.

-No, yo he llegado temprano. Mi tío me pidió que comprobase unas cuantas cosas. Todo está listo, podemos salir cuando quieras.

Héctor había perdido peso y tenía ojeras, pero Óscar sabía que nada serviría atosigarle. Los dos trabajaron casi en silencio, habían navegado juntos un montón de veces y se habían repartido las tareas tiempo atrás. Se alejaron del muelle y cuando las olas adquirieron un ritmo constante Héctor habló.

-Mi padre está enfermo. Parkinson, grave e irremediable, acompañado de demencia. Es complicado, cruel e injusto.

-Joder, Héctor. Lo siento.

Héctor miraba hacia el horizonte hasta que se giró y agachó la cabeza fijando los ojos en el cabo que todavía sujetaba entre las manos.

-Es genético. Hereditario. No sé qué mierdas sobre un gen dormido. Mis hermanos y yo tendremos que hacernos las pruebas más adelante.

-Mierda.

Óscar no estaba siendo nada elocuente, así que se acercó a su amigo y lo abrazó. Se conocían desde niños y no podía imaginarse un mundo sin Héctor, un mundo sin el Héctor que él conocía.

-¿Podemos navegar hasta tarde?

-Claro.

-Siento no habéroslo contado antes.

-No te preocupes por eso. -Óscar notó que Héctor estrechaba el abrazo un instante antes de soltarlo y ninguno disimuló la rabia y el miedo que se había instalado en su mirada e iba a quedarse allí durante tiempo.

-Llamaré a Ricky cuando volvamos y el viernes os pondré al día de todo. -Héctor se apartó-. Ahora quiero navegar.

-Pues naveguemos.

Regresaron tarde y no volvieron a hablar del tema. Héctor se fue en su moto y Óscar optó por permanecer en el puerto. Caminó hasta un banco de piedra y se sentó mirando el mar. Obviamente su mayor preocupación era su amigo, aunque tenía que reconocer que la noticia que le había dado Héctor había revivido en él miedos y dudas que creía aparcados o al menos escondidos en alguna parte. Todo podía cambiar en un instante, en meros segundos podían arrebatarte tu identidad, tus sueños, cualquier futuro que hubieras podido imaginarte y cambiártelo por otro.

Había una imagen que no podía quitarse de la cabeza, un dibujo que había contemplado más veces de las necesarias y que ahora le hacía apretar los puños en aquel banco. Era el dibujo de un bosque espeso, con ramas enlazándose y con una bruma algo mágica flotando en el aire, se insinuaba un camino y de pie, con arbustos casi hasta las rodillas, había una chica de espaldas esperando. La chica era ella, la autora del dibujo, llevaba el pelo recogido y parecía, aunque no podía verle el rostro, perdida o quizá también triste. ¿A quién estaba buscando? ¿De verdad quería encontrarlo, fuera quién fuese? ¿Cómo era posible que sintiera que esos trazos reflejaban justo lo que estaba sintiendo? ¿Cómo podía explicarle a nadie que sabía sin lugar a duda que la persona a la que tenía más ganas de contarle lo furioso que estaba era esa chica, esa desconocida con la que nunca había hablado? La propietaria del cuaderno amarillo que descansaba justo al lado de su cama. Era injusto que no pensase en otra persona, en Paloma, para empezar, o quizá en Ricky o en sus padres. Óscar era afortunado y tenía gente maravillosa a su alrededor, él lo sabía, y por eso se había asustado. La preocupación por Héctor lo sobrepasaba todo, pero no podía quitarse de encima la sensación de que si hablase con la chica del cuaderno se sentiría mejor. Y mirando el mar se odió por ello y también la odió un poco a ella por no estar allí ni en ninguna parte.

*****

Valentina estaba dibujando el mar. Se había despertado de golpe, inquieta, sudando y con el corazón golpeándole las costillas. Había intentado recuperar el sueño, el rostro angustiado que con los ojos fijos en las olas se había colado en su cabeza mientras dormía. No pudo y aun así no tenía ninguna de que era él. Absurdo se había repetido una y otra vez mientras se echaba agua en la cara, llevaba meses sin verle, era imposible que se hubiese cruzado con él en Tokyo, había insistido su parte racional mientras ella encía la luz para ir en busca del cuaderno y un lápiz. Sabía por experiencia que todo sería inútil, no podría volver a dormirse si no sacaba aquella imagen de dentro. A él, era a él a quien tendría que sacar de su cabeza, había farfullado en voz baja sabiendo que no iba a lograrlo.

Estaba dibujando el mar, el mar de Barcelona, porque los mares son distintos según desde donde se miren y quién los mire. Los colores eran importantes. Sonrió al recordar el correo de aquella empresa que hacía mapas.

Tienes razón, había respondido ese chico, el encargado de recursos humanos, Óscar se llamaba. Nunca lo había visto así, pero los colores son importantes. Tengo una chaqueta roja, solo la utilizo cuando uno de mis amigos nos obliga a dejar la ciudad para vivir aventuras, lo que suele significar que uno de nosotros acabará con algo roto o resaca. Me basta con verla para saber que ese fin de semana sucederá algo que algún día me avergonzará contar a mis nietos. 

Siguió dibujando, no entendía qué la había llevado a mandar aquel primer correo con esa frase ni a responder al de Óscar con esa visión tan suya de los colores. Tampoco podía explicar por qué seguía respondiendo a las preguntas de él y haciéndole ella otras a cambio. Pero le gustaban esos correos y como tantas otras cosas en su vida había dejado de buscarle una explicación. La belleza, igual que la felicidad, no necesita justificarse.

Tarareó una canción indistinguible, tampoco había nadie escuchándola, y dio los últimos trazos. Tokyo le gustaba, aquel trabajo era una gran oportunidad y había empezado a hacer amigos y a sentirse un poco más en casa. De día tenía ataques de nostalgia, así los había bautizado Valentina, que la sobrecogían cuando menos se lo esperaba. Bastaba con un olor, con un color, con ver a alguien con un rasgo similar a otra persona para que pensara en casa. Esos extraños correos de Óscar, fuera quién fuese, la reconfortaban, servían para mantener a raya las lágrimas. Elias también, quizá tendría que empezar a reconocer que entre ella y Elias las cosas estaban cambiando. Él estaba resultando ser mucho más complejo de lo que ella se había imaginado nunca en Barcelona. Estar allí les estaba acercando, quizá les estaba convirtiendo en otras personas y aquel nuevo Elias y la nueva Valentina podían descubrirse juntos.

De noche era distinto. Había noches en las que no soñaba, otras en las que caía exhausta después de una jornada inacabable o porque había sido un día excitante, Japón ofrecía tanto por descubrir que quería aprovecharlo. Y otras eran como esa, noches en las que el chico de las gafas se colaba en sus sueños y no podía dejar de verlo. Era extraño, ella había soñado antes con gente, a todo el mundo le ha pasado, pero con él era distinto. Era como lanzarse al mar y nadar contra las olas o como correr hasta que te falta el aliento. Cuando se despertaba tenía que dibujar y después se pasaba horas observando el resultado.

Aquellos dibujos inexplicables eran su refugio. Días atrás, después de terminar una llamada con Penélope se había puesto a llorar. Su hermana estaba embarazada de nuevo, era una muy buena noticia, una noticia maravillosa, y Valentina no estaba allí para celebrarlo juntas. Había conseguido contener las lágrimas hasta despedirse de ella y después, cuando creía que nada iba a consolarla, decidió abrir el cuaderno y buscar el último dibujo que había hecho del chico de las gafas. Era una escena algo extraña, él estaba rodeado de arbustos en medio de un laberinto y sus ojos, que habían salido de los dedos de Valentina, la observaban expectantes, como si le estuvieran preguntando qué pensaba hacer de allí en adelante. No se lo había contado a nadie, ni siquiera Penélope, que creía en un sinfín de conjeturas místicas, lo entendería. Valentina estaba convencida de que él la entendería, de que si él hubiese estado esa tarde allí con ella habría entendido que aunque se alegraba muchísimo por su hermana odiaba que ella no se hubiese esperado a que volviera. Era irracional, por supuesto, pero él lo habría entendido. Él habría sabido qué decirle. Seguramente habría bastado con tenerlo cerca, a su lado. Habría bastado con abrazarlo.

Sacudió la cabeza. No podía pensar así, una cosa era dibujarlo y otra atribuir a esos dibujos poderes mágicos. Dejó el lápiz y buscó la caja pequeña de acuarelas, le hacían falta pocos colores. Pintó el mar embravecido, furioso, con olas azul oscuro y negras.

La chaqueta, roja.

 

©Posibilidades, Anna Casanovas

Imágenes de Pinterest.

Gracias por leer Posibilidades, ¿qué creéis que sucederá? ¿Creéis que la teoría de Paloma sobre la gente normal es cierta? ¿O preferís creer que hay historias capaces de poner nuestro mundo y nuestra vida del revés? ¿Qué hará Óscar? ¿Y Valentina? ¿Volverán a verse? Y no penséis que con ellos se acaban las preguntas -y el misterio ;)- ¿qué le pasará a Héctor? ¿dónde está Ricky?

Esto iba a ser un relato y ahora dudo que me baste con una novela.

Dentro de unos días habrá otro capítulo y también nuevos posts ♥

 

 

 

 

5 comentarios el “Posibilidades: mares y bosques

  1. Rossana
    junio 26, 2020

    Amo todo lo que escribes. Eres increíble

    Me gusta

  2. Paqui
    junio 26, 2020

    Otro gran capítulo. La teoría de Paloma es cierta, para algunos, pero yo creo que sí que hay historias capaces de darte la vuelta y cambiar tu vida 😉. Espero que Óscar y Valentina se encuentren,… Aunque me parece que lo harán antes por sus trabajos que por saber que son “la chica de la libreta” y “el chico de las gafas”. Veremos 🤭. Deseando saber cómo sigue

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  3. Camila
    junio 26, 2020

    Que bien volver a leer sobre Óscar y Valentina!!! 🙂

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  4. Isabel
    junio 26, 2020

    Qué ganas les tenía a estos dos! Me encanta la conexión que tienen. No sé si se da mucho en la vida real, a veces,sí. Me ha gustado mucho la imagen de sentirse como en un traje mayor, o menor de nuestra talla, creo que define bastante bien como nos encontramos muchos en los últimos meses.
    Espero pronto la siguiente entrega !Es tan corto el leer y tan larga la espera!
    Gracias por tan buenos ratos que nos das,besos

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  5. Pepa
    junio 28, 2020

    Hola!!!
    ¿Definamos normal? Hay veces en que la realidad supera la ficción, aunque la mayor parte no nos damos cuenta, quizás nuestra historia a otros les parezca de película o, quizás, lo normal para nosotros sea absurdo para otros
    ¡Qué lejos y qué cerca!
    Un besote

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Esta entrada fue publicada en junio 25, 2020 por en Mis novelas, Posibilidades y etiquetada con , , , , , , , .

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