Anna Casanovas

Escritora, convencida de que existen los finales felices. Librianna es mi lugar especial, ¿quieres conocerlo?

Posibilidades

No sé cómo empezar este post, el momento que estamos viviendo es tan difícil, tan grave y tan real que sin duda cualquier comentario que pueda hacer yo al respecto es irrelevante, así que me limitaré a dejar aquí una historia corta que escribí hace unos días. Y, por cierto, lo de historia corta es un término relativo (o eso espero)

Posibilidades

«Los viernes Óscar salía tarde del trabajo. Lo prefería así, la gran mayoría de sus compañeros abandonaban la oficina a las tres y él aprovechaba para terminar lo que tenía pendiente. Durante la semana le faltaban horas, no se quejaba, en general le gustaba su trabajo, aunque a veces sentía que más que ser el responsable de recursos humanos era el terapeuta o el confesor de la empresa. Sus dos mejores amigos le decían a menudo que tenía que ser más distante, que hoy en día los de recursos humanos no hacían eso, pero Óscar se encogía de hombros y les decía que no se metiesen en sus asuntos. Él no opinaba o no tanto sobre sus trabajos. Seguro que esa noche, cuando se reuniesen para su habitual cerveza, se encargarían de reñirlo otra vez. Mantenían esa tradición desde los siete años, cuando Ricky, Ricardo, que nunca les dejaba utilizar su nombre entero, se mudó al bloque donde vivían Óscar y Héctor. Estos dos eran más o menos amigos, en verano más que en invierno porque sus madres les dejaban jugar a baloncesto en la terraza del edificio, en un hueco que quedaba libre junto a las cuerdas donde algunos vecinos tendían la ropa. Ricky se unió a ellos y un día lluvioso, cuando una tormenta de verano los encerró en casa, decretó que no podían seguir así, que tenían que tener una alternativa a la pelota y la mejor era jugar juntos a un juego de rol que él había aprendido en el pueblo donde vivía antes. Era un campeón, había ganado incluso una copa. Al principio ni a Óscar ni a Héctor les entusiasmó la idea, pero poco a poco descubrieron que aquel juego era más que unas cartas y se creó la tradición de quedar cada viernes fuese invierno o verano, lloviese o nevase, en casa de uno de ellos y jugar hasta las tantas. Incluso siguieron durante la universidad para mayor asombro de sus respectivos padres y de los nuevos amigos y parejas que habían tenido durante esos años. Ahora, con veinticinco años, quedaban igualmente, pero no siempre jugaban, obviamente. O eso decían ellos.

Óscar se centró en el trabajo, no sabía por qué había recordado esa historia de su infancia. Bueno, sí lo sabía. Últimamente estaba algo inquieto, triste quizá lo describiera mejor. Tenía un buen trabajo, un piso pequeño en un barrio que le encantaba, sus padres estaban bien, esa misma semana le habían anunciado eufóricos que casi habían reunido el dinero suficiente para hacer el próximo año aquel viaje a los Fiordos con el que llevaban tanto tiempo soñando. Su hermano mayor, al que a penas veía, también estaba bien, seguía subiendo peldaños en esa empresa de nombre impronunciable donde trabajaba y seguro que esa novia suya, también de nombre impronunciable, seguía igual de estupenda que siempre. Óscar no tenía ningún problema y sin embargo desde hacía meses la apatía le carcomía por dentro, apenas nada conseguía emocionarlo y no sabía qué hacer para recuperar la ilusión, la capacidad de sorprenderse esa chispa que hace que cualquiera tenga ganas de hacer algo, lo que sea, y seguir adelante, pero no como un robot, sino como… Dios, siempre había sido un pésimo poeta. Lo más probable sería que solo estuviera cansado, hacía más de siete meses que no hacía vacaciones y las últimas las había pasado ayudando a Ricky a mudarse. Otra vez. Exacto, lo que tenía que hacer era mirar el calendario, buscar un par de días y elegir un destino que le gustase. Seguro que así volvería a ser el de antes.

Si Héctor no le hubiese mandado un mensaje probablemente aún estaría pegado al ordenador incapaz de escribir más de dos líneas que tuviesen sentido. Miró el reloj y para su asombro descubrió que era más tarde de lo que creía y que sin hacer nada útil había pasado la tarde allí encerrado. Bajó corriendo la escalera y esquivó a dos perros y a un runner antes de meterse en el metro. El tren al que esperaba poder subirse cerró las puertas justo delante de sus narices y Óscar, resignado, sacó el teléfono del bolsillo con intención de avisar a sus amigos. Iba a llegar tarde, ya oía en su cabeza los comentarios que iban a hacerlo en cuanto lo vieran cruzar la puerta del bar donde habían quedado. Pero justo entonces llegó otro metro y Óscar se metió dentro sin dudarlo y sin llamar a nadie. Quizá lo conseguiría. Se plantó de pie donde siempre, cerca de la puerta y levantó un brazo para sujetarse de la barra. Se pasaba tantas horas sentado que cuando salía de la oficina era como si le apareciera un resorte en la espalda que le obligase a estar de pie o en movimiento. Podía escuchar algo de música, pensó, le faltaban cuatro paradas. El vagón se detuvo en la siguiente y entró un equipo de hockey infantil entero, entrenador incluido, que lo obligó a moverse hacia la izquierda y entonces la vio.

La chica del cuaderno amarillo.

Sonrió al instante y también sintió algo parecido a los nervios que tenía de pequeño la noche de reyes. La emoción, las ansias que hacía meses que habían desaparecido de su vida. Arrugó las cejas, no conocía a esa chica, era imposible que ella tuviera nada que ver con lo que le estaba pasando a él, aun así nada podía negar el vuelco que le dio el corazón cuando ella también le sonrió. Óscar cerró los dedos alrededor de la barandilla de hierro y se preguntó cuánto hacía que veía a esa chica. Dos meses. Estaba seguro, hasta ese momento habría afirmado que no se había dado cuenta de que no había vuelto a verla, pero no tenía ninguna duda de que ese era el tiempo exacto que hacía que no coincidían. Podría acercarse y hablar con ella, era evidente que ella también lo había reconocido, quizá podría preguntarle cómo se llamaba o quizá… una de las jugadoras de hockey le golpeó la cabeza con el stick.

-Perdón, lo siento -se disculpó la niña enseguida, avergonzada.

-No pasa nada -respondió él, frotándose la parte trasera del cráneo que había recibido el impacto.

El entrenador también se disculpó, lo que obligó a Óscar desviar la mirada hacia él y su equipo para prestarles atención y cuando volvió a girar la cabeza hacia la chica ella ya no lo estaba mirando. Parecía muy concentrada en lo que fuera que estuviera escribiendo o dibujando, a juzgar por los trazos, en su cuaderno. Había pasado el momento, Óscar se convenció de que tal vez se había imaginado la intensidad de la sonrisa y de que había visto en aquel gesto un reconocimiento que en realidad no existía. No podía acercarse a hablar con ella sin más. No podía.

Era verano cuando la vio por primera vez, un miércoles a eso de las ocho de la noche. Él había salido antes del trabajo y tomó el metro para ir al centro, quería aprovechar para hacer unos recados. Ella llevaba un vestido de flores y unas deportivas rojas atadas en los tobillos, tenía el cuaderno amarillo a medio abrir en el regazo y mordisqueaba un lápiz. No podría decir qué fue lo que captó su atención, solo que le costó desviar la mirada de ella y que le costó respirar durante el trayecto, aunque eso, entonces, lo justificó con el calor. Ya no podían los aires acondicionados tan altos como antes. Unas semanas más tarde volvió a encontrarla, él solía coger el metro cuando salía del trabajo pero hasta entonces nunca se había fijado qué línea utilizaba, todas las que pasaban por allí le iban bien, ni qué hora era cuando se subía. Empezó a hacerlo, solo para llevar una vida más organizada. Nada más. Ella, la chica del cuaderno, fue apareciendo y desapareciendo, los cambios de estación se reflejaban en su ropa y también en su color de piel -era muy pálida y en verano le aparecieron pecas en la nariz-, pero no en su pelo, una melena lisa, oscura y desordenada y tampoco en el cuaderno amarillo que siempre la acompañaba. Ella también lo miraba a veces y hubo una vez, durante la semana de Navidad, que Óscar habría jurado que ella lo había mirado más intensamente y que se había sonrojado cuando él también la miró. Incluso les había hablado de ella a Ricky y a Héctor y sus amigos le habían animado a que se acercase a ella y se presentase. Lo peor que podía sucederle era que ella lo mandase a paseo. Y Óscar les decía que iba a intentarlo, aunque nunca lo hacía porque en realidad así podía seguir esperando esos encuentros, imaginándose qué sucedería cuando un día ella se acercase a él y le dijera simplemente hola. Podía pasar. Había exactamente las mismas posibilidades de que ella se acercase a él que él a ella. Pero ninguno de los dos había convertido esas posibilidad en realidad y un día dejaron de encontrarse.

Hasta hoy.

Cerró los ojos y respiró profundamente. No podía dejar pasar esa oportunidad, quizá tardaría meses en volver a presentarse. Quizá no se presentaría nunca más. El escalofrío que le subió por la espalda lo hizo reaccionar de golpe y se giró decidido hacia ella. No estaba. Ya no estaba. El aviso de que el metro cerraba las puertas resonó por el vagón y Óscar vio que la chica se alejaba por la escalera de esa estación. Corrió, se tropezó con una bolsa de las chicas del hockey y el metro se puso en marcha.

-¿Estás bien? -El entrenador lo ayudó a levantarse.

-Sí, gracias.

Óscar no podía creer tal mala suerte. Se frotó las manos, una le había quedado pegajosa y no se atrevía a plantearse de qué. Tenía que sentarse, no podía limpiarse y sujetarse al mismo tiempo y con un aterrizaje forzoso tenía más que suficiente. Se dirigió a los asientos y lo que vio en el que estaba libre resucitó la emoción de antes: el cuaderno amarillo. Ella se lo había olvidado. Lo levantó con la mano que no tenía sucia y tras secarse la otra tanto como le fue posible dobló su abrigo alrededor del cuaderno. Solo abrió la primera página para ver si allí había el nombre de su propietaria y al no encontrarlo volvió a cerrarlo. Había visto como esa chica trataba el cuaderno, como si fuera su bien más valioso, y no sentía que tuviera derecho a husmear en él sin su permiso.

-A ver, vuelve a contarnos cómo has dejado que esa chica se te escapase -le preguntó Héctor con sorna ofreciéndole otra cerveza.

-No es un ciervo ni yo la estaba cazando o persiguiendo -se defendió Óscar-. Si no hubiera sido por esa bolsa.

-Siempre te buscas excusas, te has comportado como un zopenco -se rio Ricky.

-¿Zopenco? -Óscar casi escupió la cerveza- ¿Desde cuándo usas esa palabra?

-Desde que su jefa le ha dicho que si vuelve a utilizar capullo en una reunión lo despide -contestó Héctor en lugar del aludido.

-No es por ella -Héctor se puso a la defensiva-. Además, no será mi jefa por mucho tiempo. Han abierto una posición nueva en la empresa y voy a presentarme como candidato. Por eso estoy cuidando mi lenguaje, imbéciles. Tengo la entrevista la semana que viene.

-¿Y eso? ¿No decías que lo de prosperar en esa empresa era solo para lameculos sin espíritu?

-Joder, Óscar, ¿por qué no utilizas tu memoria prodigiosa para recordarte a ti mismo que la próxima vez que veas a esa chica que te tiene idiota vayas a hablar con ella?

-¿Qué hay en el cuaderno? -preguntó Héctor intentando alejar la atención de Ricky y su situación laboral.

-No lo sé. No lo he abierto. Solo he mirado si había sus datos.

-¿No lo has abierto? -Ricky se inclinó tan hacia delante que casi echa la mesa al suelo-. Tú eres idiota.

-¿Podemos cambiar de tema? -Óscar sabía que sus amigos, aunque estaban llenos de buenas intenciones, no lo entenderían.

-Siempre puedes dejarlo en la oficina de objetos perdidos.

-No sé…

-Claro -intervino Ricky- déjalo allí con una tarjeta tuya y así si tu chica misteriosa quiere puede ponerse en contacto contigo. Ya que visto está que tú solito no puedes hablar con ella. Tendrías que echarle más huevos.

-No todos vamos por la vida con la testosterona por delante, Ricardo.

Ricardo le respondió levantando un único dedo.

-Eh, niños, haya paz. Vamos a hablar de otra cosa. Tengo que contaros algo, creo que por fin puedo comprar el taller.

Óscar pasó el fin de semana en la boda de su prima Alicia, lo cual fue un suplicio y una bendición al mismo tiempo. El lunes salió del trabajo media hora que el viernes y fue a la estación. Se plantó en el andén y esperó. Esperó. Esperó. Esperó. Y ella no apareció. Uno de los vigilantes de seguridad se acercó a él pasadas las dos horas y le preguntó si necesitaba ayuda a lo que Óscar respondió que estaba esperando a alguien. El gesto del guarda cambió al instante y le dijo con una sonrisa ladeada, chico, creo que no va a venir.  El hombre tenía razón. Había sido un tiro al aire. Recordó el comentario de Héctor sobre la oficina de objetos perdidos y tras mirar hacia el andén por última vez se dirigió a información para preguntar.

-Uy, objetos perdidos está en la estación central. Antes teníamos una ventanilla dedicada a esto en cada estación, pero eran un nido de mierda. Perdón por el lenguaje.

-No se preocupe -Óscar respondió alucinado a la responsable de información, una mujer que parecía rondar los cien años con un maquillaje hipnótico azul celeste alrededor de los ojos-. ¿Y qué hacen allí con los objetos perdidos?

-Pues nada. Esperan. Los tienen allí durante un mes y si nadie va a reclamarlos, y casi nadie va, los tiran.

-¿Los tiran?

-Bueno, la ropa y cosas así las dan a organizaciones benéficas, pero las cosas inútiles no. No te imaginas la cantidad de coronas de despedidas de soltera o de muñecas inflables que se pueden llegar a acumular. Por no mencionar objetos más surrealistas. A objetos perdidos casi nunca llega nada de valor. Es curioso, ¿no te parece?

-Sí, supongo que sí.

-La gente no es de fiar -siguió la mujer.

Óscar se despidió horrorizado, solo con pensar que pudieran destruir el cuaderno se le hacía un nudo en el estómago, pero tampoco podía no hacer nada. Al final tuvo una idea y ese viernes cometió el error de contársela a los crápulas de sus mejores amigos.

-¿Qué has hecho qué? -insistió Héctor.

-He dejado un sobre a la atención de la chica del cuaderno amarillo en la oficina de objetos perdidos del servicio de transportes de la ciudad -volvió a explicarles.

Ricky no podía parar de reir.

-Tú eres tonto -dijo este por entre la risa.

-No quería dejar allí el cuaderno.

-¿Y si ella no va a la oficina de objetos perdidos? O va y no le dan la carta.

-No sé qué más hacer, no he vuelto a verla en el metro.

-¿Has abierto el cuaderno? -siguió Héctor.

-No.

Ricky escupió la cerveza.

-Lo siento. Lo siento, tío. En serio.

-Pon un anuncio -dijo entonces Héctor.

-¿Un anuncio? -Óscar lo miró expectante.

-En ese periódico gratuito que dan en el metro. Casi todo el mundo lo coge y si tu chica misteriosa lo lee quizá pueda ponerse en contacto contigo.

-Me lo pensaré -accedió Óscar y como estaba harto de ver reír a Ricky como una hiena añadió- ¿Qué tal la entrevista con tu jefa?

Esa noche Óscar sopesó seriamente lo del anuncio. Podía funcionar. Había bastantes posibilidades de que ella cogiera un ejemplar en alguna estación, los repartían en todas, y lo ojease. Había menos posibilidades de que lo leyera entero, pero las había. Sí, era una locura, pero podía funcionar. Antes de hacerlo, sin embargo, se preguntó si tal vez se le había pasado por alto algún detalle del cuaderno, algo que pudiera conducirlo directamente hasta su propietaria sin cometer ninguna locura o acto desesperado. Quizá sus datos personales estuvieran en una hoja del final y no del principio, que era lo único que él había mirado.

Sí, estaba justificado que lo abriera. Hacía más de dos semanas que lo tenía en su poder y no había curioseado ni una vez. Quizá ella estaba preocupada buscándolo y él tenía delante de las narices los medios necesarios para devolvérselo. Lo abrió.

En la primera página había el dibujo de una chica con un bebé en brazos. La chica compartía los mismo rasgos que su desconocida con algunos detalles distintos así que no hacía falta ser un genio de la investigación para deducir que debía de tratarse de su hermana. En la página siguiente había dibujado un paisaje, árboles y flores con una bicicleta tumbada en el suelo. En otra página había dos chicas riéndose, ninguna se parecía a la chica del cuaderno, pero saltaba a la vista que las conocía y que sentía cariño por ellas. Los trazos desprendían amistad. Había páginas con edificios otras con retratos de distintas personas y de golpe a Óscar le falló la respiración. Él. Él estaba en el cuaderno. Le había dibujado con la herida que se hizo en la ceja meses atrás cuando Héctor los convenció para que se apuntasen a una sesión de boxeo japonés. Le había dibujado en verano, aquel día que se encontraron en el metro y que él llevaba esa camisa hawaiana porque su prima Alicia había insistido en montar una fiesta de ese estilo y con los Beach Boys de fondo. Le había dibujado todas las veces que se habían visto, incluso la última. Había captado justo el instante en que él estaba pensando en ella antes de recibir el golpe del stick de hockey.

Tenía que poner el anuncio. Tenía que volver a verla.»

Fin de Posibilidades, al menos por hoy. La semana que viene os cuento qué pone en el anuncio de Óscar…

Besos y cuidaos mucho.

Si os apetece dejar aquí cualquier comentario  sobre esta historia, sus personajes o sobre lo que os apetezca a mí me hará feliz leeros.

Anna

© de Posibilidades Anna Casanovas

Las fotografías son de Pinterest.

 

15 comentarios el “Posibilidades

  1. Adriana Rosendo
    abril 17, 2020

    Me encanta Anna, queremos más jajaja. Gracias por compartirlo

    Me gusta

  2. Montserrat
    abril 17, 2020

    Me ha encantado Anna. ¡¡Por supuesto, quiero saber más!!

    Me gusta

  3. mclatorre
    abril 17, 2020

    ¡A esperar hasta la semana que viene! 😀

    Me gusta

  4. Prados Caja
    abril 17, 2020

    Ohhhh no puedes dejarnos así! Quiero más!

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  5. Merry
    abril 17, 2020

    Sí, claro que quiero saber más

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  6. Merry
    abril 17, 2020

    Gracias por esta lectura, siempre es un placer leerte!

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  7. Carmen
    abril 17, 2020

    Muchas gracias. Me ha encantado Anna!!. Deseando saber más!!
    Cuídate mucho.

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  8. María
    abril 17, 2020

    Me encanta la manera de narrar las historias q tienes, deseando leer la continuación. Muchas graciasss!!!!

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  9. Vicky
    abril 17, 2020

    Me ha enganchado la historia enseguida!!!!! Necesito más, por favor! !!!!

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  10. Noemi
    abril 18, 2020

    Qué bien leerte, Anna. ¡Deseando saber cómo sigue! Espero que estés bien. Cuídate mucho 🙂

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  11. Camila
    abril 18, 2020

    Oh Anna ! Quiero la continuación!!!! 🙂

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  12. Edith
    abril 18, 2020

    Me encanto la historia, quiero saber más esperare ansiosa

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  13. Pepa
    abril 18, 2020

    Hola!!
    ¿Y ahora qué? ¿Nos toca esperar toda una semana? Es curioso y cierto que siempre terminas coincidiendo con mucha gente en el metro, mismos trayectos y mismos horarios, al final terminas saludándolos.
    Bonita historia de la que quiero saber más, siempre es un placer leerte 😉

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  14. Raquel
    abril 18, 2020

    Que bonitooo!! Tengo muchas ganas de saber cómo continúa 😀

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  15. Alicia
    abril 24, 2020

    Me encanta! No nos dejes con las ganas. Queremos saber como sigue la historia, porfaaaaa 🙏🏼😊😘

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