Anna Casanovas

Escritora, convencida de que existen los finales felices. Librianna es mi lugar especial, ¿quieres conocerlo?

Posibilidades: el anuncio (capítulo 2)

Gracias a todos los que leísteis el principio de Posibilidades y digo el principio porque ahora sé sin ninguna duda que esta historia que iba a ser un relato va a ser algo más, el qué todavía no lo tengo del todo claro ¿qué os parece si lo averiguamos juntas?

Quería colgar la continuación el viernes pasado, pero ahora que no nos ve nadie confieso que la semana pasada no fue uno de mis mejores momentos. Me imagino que no soy la única a la que estos días las preguntas sobre el futuro a veces la sobrecogen. Espero que vuestra semana fuese mejor y que las próximas estén llenas de buenas noticias para todos.

Os dejo con Posibilidades, al fin y al cabo escribir -y leer- es lo que en mi caso siempre consigue sacarme adelante.

El anuncio

Capítulo 2

«El anuncio que Óscar puso en el periódico gratuito que podía encontrarse en todas las estaciones de metro y tren de la ciudad y también en algunas cafeterías decía así:

“Encontrado cuaderno amarillo en la línea 2 del metro el viernes 24.” Y añadía debajo su número de teléfono. Nada más.

El escueto texto ocupaba un pequeño rectángulo justo debajo del colorido anuncio de una paseadora de perros y apretado entre otro de una bicicleta de montaña en perfecto estado que estaba en venta y el de un piso que se alquilaba durante los fines de semana.

-Es imposible que esa chica vea el anuncio, Óscar. ¿No podías haberlo hecho más pequeño? ¿Quizá omitir algún detalle? No sé, se ve demasiado efusivo, tío. Puedes asustarla -se burló Héctor.

-Me costó horas convencerlo para que pusiera la fecha -apuntó Ricky quien, muy a pesar de Óscar, estaba con él el día que llamó al departamento de publicidad del periódico.

-Reíros de mí como si no estuviera, adelante. No me importa. -Óscar bebió un trago de cerveza. Estaba planteándose seriamente no acudir a la próxima cita semanal con sus amigos. Aunque probablemente no serviría de nada y lo encontrarían de todos modos-. Solo tiene que verlo ella, no hace falta que se entere toda la ciudad.

-Exacto, tiene que verlo. Tiene que llamarle la atención. -Héctor pasó las hojas del ejemplar que al parecer había llevado consigo al bar con el único objetivo de torturarlo-. Yo porque sé que está aquí escondido, asustado en medio de los anuncios de citas y de intercambio de parejas porque si no no lo vería.

Óscar le arrancó el periódico y lo dobló decidido.

-No está en medio de anuncios de citas y de intercambio de parejas.

-Eso crees tú -Ricky atrapó el periódico, ¿qué diablos les pasaba? Cualquiera diría que no habían visto uno en su vida-. ¿Qué crees que quiere el tío que vende la bici?

-¿Vender la bici?

-Ja. Eso es solo es una excusa. Tú hazme caso.

-Estás enfermo.

-Dejando a un lado las teorías enfermizas de Ricardo, tiene razón. Tendrías que haber contratada más espacio, que fuese más llamativo. Así corres el riesgo de que no lo vea.

Óscar se encogió de hombros. No quería explicarles que él también había pensado todo eso y que al final se había decidido por el texto breve y discreto porque una vocecita en su interior le había asegurado que la misteriosa propietaria del cuaderno amarillo lo preferiría así.

-He pagado para que salga todo el mes. -Fue lo único que les explicó-. Si no lo ve esta semana, lo verá la próxima.

-Eso espero. -Héctor miró a Óscar y levantó el botellín de cerveza-. Suerte.

Brindaron y Óscar sonrió, en el fondo no sabía qué haría sin ese par de canallas.

Dos semanas más tarde no había llamado nadie o nadie que no quisiera tomarle el pelo o fuera un ser humano despreciable. En su momento Ricky le había sugerido a Óscar que se hiciera con otro número de teléfono y lo utilizase solo para el anuncio y él lo había descartado. El mundo está lleno de pirados que se siente muy solos le había dicho y Óscar le había respondido diciéndole que tenía que confiar más en la raza humana. ¿Confiar? Era un milagro que no nos hubiéramos extinguido con la cantidad de descerebrados que creían que llamar al número de un desconocido y soltarle obscenidades o chistes de mal gusto era buena idea.

La chica del cuaderno amarillo no había llamado y Óscar a pesar de que había intentado encontrarla en el metro o en cualquiera de las calles por las que caminaba no había tenido suerte. No había vuelto a cruzarse con ella. Quizá lo mejor sería que dejase el cuaderno en la oficina de objetos perdidos o que contratase un anuncio más espacioso en el periódico. O quizá podía olvidarse de ella, guardar el cuaderno en un cajón cualquiera o incluso deshacerse de él para siempre.

Sentía una profunda angustia solo de pensarlo. Leer, que siempre había sido su refugio, apenas servía de nada esos días. No podía quitarse de encima la sensación de que tenía que hacer algo, no podía dejar perder esa oportunidad. Si no volvía a tener otra… no sabía qué pasaría. No se imaginaba nada dramático y, sin embargo, en las agallas intuía que ese desconocido futuro cambiaba si la chica del cuaderno amarillo aparecía en él. En calidad de qué no lo sabía. Héctor y Ricky se burlaban de él, cuando le tomaban el pelo le decían que era un idiota por haberse enamorado de una desconocida y cuando le hablaban en serio le recordaban que no podía esconderse detrás de una obsesión absurda para no hablar con chicas de verdad. Óscar no se defendía ni de lo uno ni de lo otro. Él no se había enamorado de esa chica, dijeran lo que dijesen Héctor y Ricky, Óscar se tomaba en serio el amor, sabía que lo contrario acarreaba serías consecuencias, y no podía enamorase de una chica con la nunca había hablado. Pero. Dios. Desde la primera vez que la vio en el metro hasta todas y cada una de las veces que había pasado las hojas de ese cuaderno durante esas últimas semanas sentía la presencia de una posibilidad. De ésa posibilidad. De que entre ellos existía esa única posibilidad de la que hablan las grandes novelas, las leyendas incluso.

Ésa posibilidad.

Era una locura. No había vuelto a verla. No había vuelto a cruzarse con ella ni en el metro ni en ninguna otra parte y si aquel dichoso cuaderno amarillo significase tanto para ella seguro que ella lo habría buscado. Seguro que habría ido a la oficina de objetos perdidos del servicio de transportes de la ciudad y seguro que la peculiar encargada le habría dicho que un chico lo había encontrado. Seguro que esa encantadora mujer de poderosos párpados azules celestes le habría hablado del chico que había encontrado el cuaderno y que se había negado a dejarlo allí para evitar que lo destruyesen. Si ella hubiese estado buscando el cuaderno amarillo ya le habría llamado.

Sonó el teléfono y a Óscar casi le da un infarto. Contestó tan rápido que no atinó a ver el nombre que aparecía en la pantalla.

-¿Óscar? ¿Estás bien? ¿Te pillo mal? Suenas agobiado. ¿No me digas que estabas haciendo ejercicio?

Era Alice, su prima y ex archienemiga de la infancia. Se llevaban bien desde hacía años, muy bien. Casi podría decirse que eran muy buenos amigos, aunque en ocasiones revivieran la rivalidad que les había costado más de un tirón de orejas de pequeños.

-No, estoy bien. Me había dormido en el sofá -improvisó-. ¿Qué pasa?

-Nada. ¿Te acuerdas de mi amiga Paloma?

-Sí, claro que me acuerdo de ella.

Les habían sentado de lado en la boda varias semanas atrás y después habían bailado juntos un par de veces. Era una chica muy lista y con un grandioso sentido del humor. Ahora que pensaba en ella, Óscar tenía que reconocer que si no hubiese sido porque durante el fin de semana de la boda de Alice ya había sucedido lo del cuaderno (así se refería al suceso) le habría costado más hablar con la brillante y muy atractiva amiga de su prima. Al estar tan centrado en la chica del cuaderno se había olvidado de ponerse nervioso con Paloma.

-Me ha pedido tu número.

-¿Y me pides permiso para dárselo?

-No, tontolaba. Y no me vengas con que eso sería lo correcto y bla, bla, bla. Te llamo para decirte que se lo he dado y que no la cagues. Paloma es una de las mejores personas que conozco. No sé qué hiciste para gustarle, enano, así que no la cagues. Dudo que el truco vuelva a salirte bien.

-No hice nada. Y no soy enano, que tú seas una jirafa no es culpa mía.

-¡No soy una jirafa! Sí ya eres más alto que yo.

-Lo sé, has caído en mi trampa.

-Te odio.

-No me odias, le has dado mi número a una de las mejores personas que conoces. -Soltó el aliento-. Gracias, prima.

-De nada, primo. -Hubo una pausa-. ¿Estás bien? Te oigo… preocupado.

¿Qué estaba haciendo? ¿Cuánto tiempo más iba a seguir buscando a la chica del cuaderno amarillo en el metro? ¿Podía aparcar su vida hasta que esa desconocida apareciese? ¿Qué sucedería si no aparecía nunca? ¿Y si aparecía y no sabían qué decirse?

-Estoy bien -respondió a Alice-. Gracias por darle el número a Paloma, ¿puedes darme a mí el suyo?

-Creía que no ibas a pedírmelo.

*****

Valentina por fin regresaba a España, no había tenido previsto quedarse tantas semanas en Japón, pero las cosas en el trabajo se habían complicado y no había podido negarse. Bueno, en realidad sí habría podido, pero prefería no pensar en ello. Ahora por fin estaba en un vuelo de regreso a casa y por fin podría poner su pequeño apartamento patas arriba y buscar su cuaderno amarillo.

Estaba segura de que lo llevaba encima el día que se fue. Segurísima. Ella había temido aquel viaje desde que el correo de su jefe apareció en la bandeja de entrada anunciándole que era la elegida para ese proyecto. La elegida, cómo si hubiese habido otros candidatos. Ja. Nadie más quería hacerse cargo de aquel encargo y todos sabían que Valentina nunca se quejaba. Basta. Eso iba a cambiar a partir de mañana. Del lunes, mejor dicho. El fin de semana lo iba a dedicar a dormir, a comer tortilla de patatas y jamón y a buscar el cuaderno. Se había comprado otro idéntico en Tokyo y había empezado a dibujar en él, pero quería el viejo. Quería los dibujos que había allí.

En especial los del chico de las gafas.

No siempre las llevaba, pero no sabía su nombre y se refería así a él. El chico de las gafas y de la sonrisa que hacía que a ella le temblase el pulso y le emborronaba las páginas.

La primera vez que lo vio pensó incluso que el vagón del metro la había electrocutado. Recordaba haber mirado si el asiento donde estaba sentada tenía alguna rebaba de metal suelta o algo que le hubiese podido producir ese efecto. El asiento estaba en perfecto estado, había sido la sonrisa de aquel chico que sujetaba una vieja novela de bolsillo en una mano y que se había hecho a un lado para dejar salir a unos turistas cargados con tantos niños como maletas. Había tenido que dibujarlo, no había podido evitarlo.

Y la segunda vez tampoco.

Ni la tercera, ni la cuarta. Cada vez se decía a sí misma que tenía que levantarse y acercarse a él, aunque solo fuera para pedirle permiso para seguir dibujándole. Él tenía que haberse dado cuenta, la había pillado al menos tres o cuatro veces mirándole embobada. Seguro que él no le había dicho nada para no hacerle pasar un mal rato. El chico de las gafas no solo tenía una sonrisa demoledora y una mandíbula de infarto sino que además parecía muy buena persona. A Valentina se le daba bien fijarse en los detalles, su trabajo se basaba en eso, y se había fijado en todos los gestos de aquel desconocido; sonreía, era amable, si estaba sentado se levantaba y ofrecía su asiento a las personas mayores o a cualquiera que fuera cargado. Si estaba de pie se colocaba siempre para no molestar a nadie y tenía un excelente gusto literario. Hasta la fecha todos los libros que había leído el chico de las gafas estaban también en su biblioteca.

Meses atrás, cuando solo se había cruzado con él tres veces, su hermana Penélope la había encontrado un día dibujándolo y le había preguntado quién era.

-No lo sé. Nadie. Un chico que viajaba en el mismo vagón que yo -le había respondido Valentina.

-A juzgar por el dibujo se diría que le conoces y mucho.

Valentina volvía a sonrojarse al recordarlo.

-No, qué va. No le conozco de nada.

-Pues quizá deberías. -Su hermana era letal dando consejos-. O deja de dibujarlo.

Lo había intentado. Había intentado dejar de dibujarlo y casi lo había conseguido. Casi. Si no hubiese vuelto a encontrase con él aquel último día. Le había dibujado con tantas ganas, como si sus manos volasen de alegría por encima de la página por haberlo visto de nuevo, que casi se había olvidado de bajar en su parada. Había tenido que salir corriendo del metro y hacer una carrera por toda la estación para llegar a casa con el tiempo necesario para hacer el equipaje antes de irse.

Seguro que el cuaderno había quedado enterrado debajo de algún jersey o quizá se le había caído detrás de la cama o de la mesita de noche. No sería la primera vez. O quizá lo había dejado en el baño, había preparado el neceser en menos de un minuto.

Estuviera donde estuviese iba a encontrarlo.

Tenía que encontrarlo.

Abrió el sustituto que tenía en el regazo y deslizó la punta del lápiz por el último retrato de esa página. Aunque había repetido el esbozo necesitaba volver a ver al chico de las gafas tal como le había dibujado aquel último viernes.»

©Posibilidades, Anna Casanovas

Imágenes de Pinterest.

¿Qué creéis que sucederá ahora? ¿Seguirá Óscar buscando a la chica del cuaderno amarillo? ¿Y Valentina? ¿Llegará a leer el anuncio? ¿Cuántas posibilidades hay de que Óscar y Valentina se encuentren?

Nos vemos en pocos días.

Gracias por leer ♥

También tengo pendiente contaros un montón de cosas sobre “La sociedad literaria” así que poco a poco iré poniendo al día el blog.

9 comentarios el “Posibilidades: el anuncio (capítulo 2)

  1. Maria
    abril 27, 2020

    Me encanta! Y aunque sufro, esto de las entregas, me pone. I love it!!

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  2. Prados Caja
    abril 27, 2020

    Ohhhhh sigo teniendo ganas de más!!! Ya me imagino a ella leyendo el anuncio, y cuando decide llamar, él está empezando algo con Paloma… Pero no puede olvidarse de la chica del cuaderno amarillo… Ainsssss esto pinta a novela!!! 👏👏👏👏 Pero no sé si podré esperar tanto 😅😅

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  3. Nesa
    abril 28, 2020

    Por favor, no lo dejes así. Y ahora toca esperar mucho, poco,… Es tan bonito! No presiono pero que ganas de más. P.D. Espero más de la chica del cuaderno amarillo.

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  4. Camila
    abril 28, 2020

    Que continúe!! Precioso Anna !

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  5. Montserrat
    abril 28, 2020

    Anna me ha encantado. ¡Quiero saber más! Como tod@s supongo. Esperaré con ansia saber más de Valentina y Óscar. Gracias por seguir esvribiendo.

    Un abrazo.

    P.D.: Muchos ánimos para estos momentos surrealistas e inciertos de confinamiento.

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    • Montserrat
      abril 28, 2020

      **escribiendo perdón por el error. Mi teclado tiene vida propia.

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  6. Alicia
    abril 28, 2020

    Me encanta! Esperando ver cómo continúa… 🤔😍

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  7. Pepa
    abril 30, 2020

    Cada vez nos dejas con más miel en los labios. Por supuesto, se «tienen» que encontrar de nuevo !!!
    Un besote

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  8. Cristina
    mayo 8, 2020

    Anna lo tuyo no tiene nombre……. Hace muchos años que te sigo y no me explico como lo haces?. Desde que estamos todos encerrados tenía pendientes alnunos libros que me llamaron la atención, sabes con cual empece? De los seis que tenía disponibles algunos por lo visto muy buenos, empeze tres el primero La villa de las telas, despues Por nada en el mundo que ese llegue casi a la mitad y el último Mil maneras de hacer sonreír a un hihglander que ese lo he dejado para más adelante. Pos mira bonita he terminado hace un momento la saga de los Marti, si no te rías, mira UE hace años que la escribiste pero para mi es como una manta suave cuando tienes frío y estás deprimida, encerrada, despedida y con un ataque de alegría que no es lo más molesto que se puede tener en primavera en Sevilla, tu eres se bálsamo, la que consigue que todo lo que está pasando a tu alrededor desaparezca y te veba como un buen vino despacio y sin prisa. Así que tu dirás que hacemos con estos chicos que bien podía ser unos de mis hijos o unos de estos maduritos que ya se la han jugado antes y no está por la la ir de poner su corazón en juego. Sea lo que sea te seguiré por que para mí eres como decimos por aquí “mi niña” y tengo debilidad por todo lo que escribes y que este tocho que te mando los escribo con el pañuelo en la nariz y lágrimas el los ojos. Te quiero guapi.

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