Anna Casanovas

Escritora, convencida de que existen los finales felices. Librianna es mi lugar especial, ¿quieres conocerlo?

Posibilidades. Casi

Hace tiempo leí en alguna parte que hacen falta 21 días para crear un hábito. 21 días y el día 22 ya es imposible que te olvides de ir al gimnasio o de tejer un rato antes de acostarte (vivo al límite, por eso se me ocurren estos ejemplos). No sé si este dato tiene alguna base científica, si la tiene y si alguien la conoce que me deje por favor la explicación en los comentarios del post, yo diría que esto de los hábitos depende de la persona y del hábito en sí porque qué queréis que os diga, aun en el caso de que por algún milagro yo consiguiera estar 21 días seguidos viendo partidos de fútbol dudo mucho que empezase a gustarme.

Pero lo que sí me gusta es tener tradiciones, hay algo mágico en esperar un día en concreto porque sabes que va a suceder algo especial. Hace años, antes de que existieran Netflix allegados, los jueves me gustaban porque Marc y yo veíamos CSI y pedíamos pizza y el viernes yo comentaba el capítulo –y lo ciego que estaba Grissom respecto a Sarah- con mis compañeros de trabajo.

Todo esto os lo cuento primero porque con La Sociedad Literaria -el club de lectura que tenemos en Instagram- hemos creado una tradición maravillosa durante los cuatro meses que llevamos, y aunque este no es un post sobre La sociedad, quería empezar a celebrarlo. El post de La Sociedad es para la semana que viene.

Y segundo porque estoy intentado crear otra tradición con Posibilidades esta novela que primero era un relato y ahora es algo más. El qué todavía no lo tengo del todo claro, pero os aseguro que Posibilidad está aquí (en el blog y en mi cabeza) para quedarse, lo que suceda cuando necesite más espacio lo descubriremos entre todos. De momento quiero buscar un día y fijarlo -dentro de mis posibilidades- como el día de Posibilidades, el día de publicación de cada ¿entrega, capítulo, sorpresa? ¿Tenéis alguna preferencia? Contadme.

La entrega de hoy se titula Casi, una palabra que despista, que engaña porque parece inocente y sin embargo puede ocultar detrás de cada letra el montón de posibilidades que se han escurrido por entre ellas.

Casi

«Óscar se estaba planteando seriamente la posibilidad de solicitar un nuevo número de teléfono. Los primeros días había recibido unas cuantas llamadas absurdas, pero justo cuando creía que lo peor ya había pasado apareció esa periodista pidiéndole permiso para hablar de su historia. Se había enterado a través de la encargada de objetos perdidos de la estación, eran vecinas, y la mujer, aunque no conocía todos los detalles, le había regalado la oreja sobre lo preocupado que parecía aquel chico tan guapo por devolver el cuaderno a su misteriosa propietaria.

Él se había negado en redondo (y en su cabeza había maldecido la fértil -y acertada- imaginación de la encargada de objetos perdidos), pero al parecer la periodista había hablado de él de todos modos en su programa. Un programa del que Óscar nunca había oído a hablar y que al parecer echaban cada tarde. El programa tampoco tenía tanta audiencia, pero el recorte donde hablaban del chico que buscaba a la chica del cuaderno amarillo salió en todos lados. Héctor y Ricky se encargaron de recopilarlos todos por si Óscar se había perdido alguno, los muy cretinos.

La noticia no decía nada del otro mundo, a decir verdad, no salía en ningún momento el nombre de Óscar ni tampoco su cara pues él no les había dadp permiso. Pero salía el anuncio y una “recreación de los hechos realizada por actores profesionales”. Óscar quería morirse cuando su madre lo llamó para decirle que tendría que hacer algo para parecerse más al Óscar de dicha recreación y Alice, con quien se suponía que había enterrado el hacha de guerra, le mandaba fotos casi a diario del actor en cuestión.

Las llamadas se incrementaron exponencialmente igual que el surrealismo de las propuestas que las supuestas y supuestos propietarios de la libreta. Óscar les hacía a todos la misma pregunta: ¿qué hay en el cuaderno? y había respuestas que jamás lograría borrar de su mente y que todavía le producían escalofríos.

Aun así era reticente a cambiar de número. Ella aún podía llamarlo. Era posible que no hubiese visto el anuncio y que tampoco se hubiese enterado del reportaje o de los memes que habían hecho sobre su situación.

-Claro, si ha pasado el último mes en el Polo Norte -sugirió Héctor.

-O encerrada en un castillo de Transilvania con sus múltiples amantes -añadió Ricky, ganándose que Héctor le diese un codazo y le susurrase que así no ayudaba.

-Yo no me habría enterado -justificó Óscar.

-Pero tú eres… tú -puntualizó Héctor a lo que Ricky asintió.

-Sí, y ella es ella.

-Vale, pero al menos reconoce que lo del anuncio no ha salido cómo esperabas. Si de verdad quieres encontrar a esa chica, tienes que hacer algo más.

-Eso en el peor de los casos suena a asesino psicópata y en el también peor, pero quizá con una pena de cárcel menos grave, a acosador. -La cara de Óscar dejó claro lo que opinaba de ambas circunstancias-. Quizá sea mejor dejar las cosas así. Si volvemos a encontrarnos, me acercaré a ella y le diré que tengo su cuaderno. Quizá ha visto el anuncio y la noticia y ha decidido que no quiere llamar. Tal vez le da igual haber perdido el cuaderno.

-Tal vez -secundó Héctor.

-Sí, claro, tal vez -Ricky terminó la conversación.

Ninguno de los amigos se creyó ni por un segundo la indiferencia y resignación de Óscar, pero zanjaron el tema porque sabían que a pesar de que carecía de lógica él lo estaba pasando mal. No lograban entender por qué una chica con la que no había hablado nunca era tan importante para él. No volvieron a mencionar el cuaderno y tampoco a su desaparecida propietaria y en sus cabezas los dos siguieron buscando maneras de ayudarlo. Al menos se había animado a llamar a esa amiga de Alice, Paloma les había dicho Óscar que se llamaba, y tenía una cita con ella la semana siguiente.

No, Óscar no se había cambiado el número de teléfono ni había accedido a salir en televisión o en la radio y tampoco había colgado pósters en el metro ni había contratado un anuncio más llamativo. No había hecho nada de eso. Lo que sí hacía era ir a la misma estación de metro cada viernes a la misma hora, la estación donde la había visto por última vez, y esperar allí durante un rato.

De momento no había tenido suerte. De momento, se repetía cada viernes cuando por fin se subía a un metro para irse de allí. Llevaba más de un mes con aquel comportamiento y aunque una parte de él le decía que no podía seguir así otra insistía en que cualquier otra opción era impensable. Aunque solo fuera para devolverle el cuaderno, tenía que volver a verla.

*****

El trabajo de Óscar no era excitante como el de Ricky ni trascendental como el de Héctor, lo que no significaba que no fuese importante o a que a él no le gustase ni le resultase gratificante. A pesar de que en muchas películas los encargados de recursos humanos de una empresa aparecían representados como robots o seres sin alma al servicio del diablo él defendía que eran justo lo contrario. Lo que le había llevado más de un disgusto, eso también tenía que reconocerlo. Igual que tenía que reconocer que había partes de su trabajo que odiaba, como por ejemplo la que tenía aquel día: una reunión en una multinacional en el centro de la ciudad para compartir técnicas de motivación y de incremento de la productividad. Él había intentado explicarle a sus jefes que su empresa, una pequeña editorial de libros infantiles, tenía poco o nada en común con un imperio que incluía desde revistas a canales de televisión. Tenemos que estar, le habían respondido, lo llaman networking.

Esa mañana, anticipando la jornada de networking y el dolor de cabeza que esta le conllevaría, Óscar se había tomado un café doble mientras transcribía en unas tarjetas los puntos básicos de los que iba a tratar su charla. Sí, además de asistir tenía que dar una charla. Todo genial. Llevaba el ordenador, por supuesto, pero siempre le había resultado más útil escribir los datos importantes a mano en esas tarjetas y repasarlas durante el trayecto o en los ratos muertos que solían abonar esa clase de encuentros. Fue a la estación de metro y buscó la línea que no solía utilizar habitualmente porque era la mejor para llegar al edificio de Mordor. El vagón estaba bastante lleno así que se abrió paso como pudo hasta el lateral de la puerta y se sujetó de la barra con una mano para extraer con la otra una de las tarjetas del bolsillo del pantalón. Iba más arreglado que de costumbre, no se lo había exigido nadie pero aquel atuendo era una especie de protección, algo así como un disfraz. Los zapatos con cordones, el pantalón gris más ajustado y la camisa blanca producían el mismo efecto que la capa de invisibilidad de Harry Potter. Era un atuendo tan común entre los trabajadores de la multinacional que nadie se fijaría en él.

Le costó extraer la primera tarjeta y la releyó sin prestarle demasiada atención, se sabía de memoria los criterios que regían su departamento. Los había escrito él. Se bajó un poco las gafas y se apretó el puente de la nariz, el dolor de cabeza estaba llegando antes de lo previsto, mejor sería que cerrase los ojos e intentase relajarse. El vagón se detuvo y el cochecito de la compra de una señora le dio un golpe al salir. La mujer farfulló una disculpa y Óscar iba a decirle que no pasaba nada cuando vio que de la puerta del vagón anterior salía ella.

La chica del cuaderno amarillo.

Tardó unos segundos en reaccionar. Parpadeó dos veces para ver si así la imagen se desvanecía cual espejismo, pero ella seguía allí, caminando, alejándose del metro para subir la escalera y dejar el metro atrás.

Saltó del vagón sin pensarlo, la puerta casi captura su pie izquierdo y no le importó. Corrió tras ella. Esa estación estaba llena de gente y que fuera hora punta no ayudaba nada. Óscar iba esquivando y pidiendo perdón a todo el que golpeaba en su frenética carrera. Ella había subido la escalera pero en vez de salir a la calle, lo que sin duda habría facilitado la vida a Óscar, había optado por girar hacia la derecha y dirigirse hacia la escalera mecánica que conducía al andén exterior.

Iba a coger otro tren, probablemente el que anunciaban por los altavoces y que estaba a punto de salir.

Ella estaba en lo alto de la escalera mecánica y Óscar en el otro extremo. Ojalá supiera su nombre, pensó por encima del ruido ensordecedor que causaba el corazón golpeándole las costillas. Ojalá pudiera llamarla por su nombre y no solo ahora.

La escalera se detuvo, un adolescente había tenido la genial idea de apretar el botón de alarma y la maquinaria había dejado de moverse en seco. El señor que iba delante de Óscar trastabilló y casi le cae encima, varias bolsas y maletas se sacudieron y la acompañante del causante de todo empezó a cuestionar la inteligencia de su amigo en voz alta. La chica del cuaderno saltó el último escalón y miró hacia el andén, lo tenía pocos metros y acababa de sonar el último timbre. Como si acabase de tomar una decisión, se colocó bien la bolsa que llevaba colgando del hombro y se puso a correr, pero antes…

-Espera -la palabra escapó de los labios de Óscar sin su permiso.

Era imposible que ella le hubiese oído, había demasiado ruido; la gente quejándose, el pitido de la escalera porque se había disparado su alarma, los timbres de los distintos trenes de la estación. Casi imposible.

Ella se giró, tal vez porque quería asegurarse de que no se le había caído nada al suelo tras la sacudida o tal vez algo la había impulsado a hacerlo. Se giró y sus ojos tropezaron con los de Óscar.

La sorpresa y la sonrisa de ella al reconocerlo hizo que Óscar diese un paso hacia delante y que el caballero de antes lo insultase por haberlo pisado y no tener paciencia.

Sonó el timbre del tren que estaba en el andén y ella giró la cabeza hacia allí mordiéndose el labio inferior. Fuera cuál fuese su destino a Óscar le resultó evidente que ella tenía que llegar a él y decidió que valía la pena provocar la ira de todos los pasajeros que como él habían quedado atrapados en esa escalera mecánica si con ello conseguía llegar a tiempo de hablar con ella.

Ella que acababa de girarse de nuevo hacia él para mover los labios y pronunciar un lo siento sin voz antes de iniciar una vertiginosa carrera hacia el tren.

Un último silbido.

Las puertas se cerraron

La chica del cuaderno había conseguido entrar.

Cuando Óscar llegó por fin al anden el tren ya se alejaba. Apoyó las manos en las rodillas e intentó recuperar el aliento, no se lo había robado solo la carrera.

Casi.

Casi había conseguido hablar con ella.

Tardó varios minutos en deshacer el camino y llegó tarde a la reunión, aunque ahora se alegraba de que la hubiesen convocado y de que le hubiesen invitado. Ella no le había llamado y quizá ni siquiera sabía que él tenía su cuaderno amarillo, pero le había mirado y sonreído, algo mejor, le había reconocido y Óscar sentía en sus entrañas que de haber podido ella no se habría subido a aquel tren.

-Óscar, Óscar -lo llamó el maestro de ceremonias del encuentro.

-Sí, perdón. -Tenía que centrarse-. Dime.

-Es tu turno. Tu presentación -le especificó ante la perplejidad de Óscar.

-Sí, claro, por supuesto.

Todavía no sabía cómo había salido airoso, un par de asistentes incluso lo felicitaron al terminar, en su cabeza no había podido dejar de pensar en las posibilidades que tenía de volver a encontrarse con la chica del cuaderno.

Ojalá supiera su nombre, necesitaba saberlo. Ricky le había sugerido que eligiese uno al azar, cualquiera que le gustase, pero Óscar se negaba a hacerlo. Quería llamarla por su nombre de verdad.

Cogió el metro de vuelta a casa y la buscó en cada rincón sin hallarla. ¿Cuánto tiempo más podía seguir así? Buscándola siempre y apenas encontrándola, sin llegar nunca a hablar con ella. Hoy casi lo había conseguido. Casi.

Si era sincero consigo mismo no le bastaba con aquel casi.

*****

Le había encontrado otra vez. Valentina todavía temblaba cuando ocupó su asiento en el tren. Le había visto en una estación donde nunca antes habían coincidido y a una hora completamente distinta a la de sus anteriores encuentros. Le había visto y casi había escuchado su voz.

Por eso se había dado media vuelta antes de salir a la carrera hacia aquel maldito tren, porque había tenido la sensación de que alguien le había pedido que esperase. Era imposible, había demasiado ruido, y sin embargo estaba convencida de que había sido así.

Le había mirado, seguro que se había sonrojado y no le importaba. Él estaba algo distinto, llevaba camisa y el pelo peinado hacia un lado a pesar de que un mechón le caía en la frente. ¿Había estado corriendo? No se atrevió a imaginarse que había corrido tras ella. Las gafas eran las de siempre y la sonrisa. La sonrisa casi había estado a punto de detenerle el corazón.

Si no hubiese tenido que coger aquel tren. Había intentado disculparse, aunque no estaba segura de que él le hubiese leído los labios. Tendría que haber gritado. Al menos tendría que haberle preguntado cómo se llamaba. Pero no había tenido tiempo, ojalá no hubiera tenido que salir corriendo.

Soltó el aliento. De nada servía pensar qué habría hecho si no hubiera tenido que subirse a aquel tren porque allí estaba, sentada en ese vagón con el corazón en un puño y con cosquillas en los dedos de las ganas que tenía de volver a dibujarlo.

Casi había hablado con él.

Casi.

Visto estaba que sus encuentros desafiaban cualquier cálculo de posibilidades. Al menos Valentina quería creerlo así. Volvería a verlo y la próxima vez sería distinto.

Abrió el cuaderno y trazó las primeras líneas, las de su mandíbula, después bajó por el cuello y siguió con la camisa. Las gafas y la sonrisa las dejaría para el final igual que los ojos. Cuando terminó deslizó la mirada por el retrato. Valentina había dibujado a un sinfín de desconocidos, lo hacía para practicar y porque era un reto intentar capturar la esencia de alguien con quien nunca había hablado en una página. Ella lo veía así, capturaba el instante de la vida de alguien a quien ella no volvería a ver jamás.

Con el chico de las gafas era distinto, desde el primer día, desde el primer dibujo había tenido el presentimiento de que a él sí volvería a verlo.

Quizá había llegado el momento de no dejar esos encuentros en manos del destino. Quizá el destino ya había hecho demasiado.

Tuvo una idea. Ojalá tuviera su antiguo cuaderno amarillo, todavía no se había recuperado de disgusto de haberlo perdido. En ese cuaderno había dibujado al chico de las gafas con una bolsa con el logotipo de una empresa, pero quizá si hacía memoria conseguiría recordarlo y volver a dibujarlo. Era un tiro al aire, pero quizá funcionaría. Sabía donde él solía coger el metro y buscaría si alguna de las empresas cercanas a la estación tenían ese logotipo, si lograba recordarlo.

Haría memoria y seguiría buscando su viejo cuaderno. Tenía que estar en alguna parte.

Cuando volviera encontraría la manera de dar con el chico de las gafas y hablar con él.

Cuando volviera.

Ojalá no fuera demasiado tarde. »

 

©Posibilidades Anna Casanovas

Fotos de Pinterest.

¿Dónde creéis que va Valentina? ¿Creéis que volverá a tiempo y que conseguirá encontrar a Óscar? Y Óscar, ¿qué hará mientras? ¿cómo será su cita con Paloma? Me gustaría conocer vuestras teorías, aunque obviamente yo tengo la mía ya más que prevista  😉

Cuidaos mucho, gracias por leer ♥ Nos vemos muy pronto.

Anna

5 comentarios el “Posibilidades. Casi

  1. Montserrat
    mayo 8, 2020

    ¡Me ha encantado! Por qué poco Oscar y Valentina cruzan sus primeras palabras. Espero que en el siguiente encuentro lo logren. Quiero saber más, por supuesto. Yo encantada de leer “Posibilidades”. Cuando publiques una nueva entrega (o como tú quieras llamarla) yo la leeré.

    Respecto a los hábitos y los 21 días lo he leído en varias publicaciones pero no he encontrado su base científica (no digo que no la tenga). En mi caso ha habido hábitos que no he podido incorporarlos después de 21 días y otros que al principio sí parecia haberlos incorporado pero que en la primera señal de relax se perdieron. Quizás mi programa de base no acepte los cambios tan bien como otras personas.

    Un abrazo y gracias por escribir más “Posibilidades”.

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  2. Paqui
    mayo 8, 2020

    ¡Quiero más! Estoy impaciente por saber cómo continúa “Posibilidades”. Públiques cuando publiques la continuación, la leeré 😊.
    Teorías tengo, claro, espero que se encuentren, pero me parece que no será pronto. La cita con Paloma será antes y, me para mi, que a Óscar le gustará e intentará que salga bien, eso sí, sin olvidar a Valentina. Respecto a donde iba ella… 🤔🤔🤔🤔, me parece que lejos otra vez. 😉
    Con el tema hábitos, la verdad no sé si funciona lo de los 21 días, a mi me funciona más que me guste o no🤷🏻‍♀️.
    Gracias por este rato y esta novela por capítulos 😜

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  3. Camila
    mayo 9, 2020

    Otra entrega que bien!! Quisiera que de encuentren de una buena vez, pero creo que será dentro de tiempo jejeje. Un saludo!

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  4. Pepa
    mayo 9, 2020

    Casi….. te gusta hacernos sufrir.
    Oscar se merece que su cita salga bien 😉
    No siempre deberian ser las cosas fáciles y desde luego, para Oscar y Valdntina presidnto que no lo será

    Yo tengo mi propia teoría particular cuando algo te 20 días te acostumbras y le incorporas a tu rutina cuando algo no te gusta o no quieres te hace falta toda una vida
    Un besote

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  5. Buenas tardes, Anna:
    Quiero darte las gracias por compartir tu trabajo en la blogosfera, para mí es motivador, y creo que muchos de tus seguidores se sentirán muy felices.
    Por otro lado, tengo que ponerme al día con vuestro club, porque estas actividades siempre son fascinantes, pero en estos momentos especialmente, porque ayudan a desconectar.
    Un abrazo!!

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Esta entrada fue publicada en mayo 8, 2020 por en La Sociedad Literaria, Mis novelas, Personal, Posibilidades y etiquetada con , , , , , .

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