Anna Casanovas

Escritora, convencida de que existen los finales felices. Librianna es mi lugar especial, ¿quieres conocerlo?

Posibilidades: Mapas y citas (capítulo 4)

Es curioso como a pesar de tener pensada una trama, o dos, o tres, tener los personajes bien definidos y hojas y hojas de libretas llenas de información sobre ellos hay capítulos de una novela que te cogen por sorpresa y necesitas pensarlo muy bien antes de escribirlos. Y no me refiero solo a esta, digamos que esta semana me ha tocado escribir escenas difíciles en varios frentes. Os cuento más otro día.

De momento, aquí está una nueva entrega de Posibilidades. Cuando empecé esta aventura creía que iba a ser un relato, después vi claro que necesitaba ser una novela y ahora ya no sé si me bastará con una, quién sabe.

Mapas y citas

Capítulo 4

«Óscar llevaba más de mes sin encontrarse con ella y no había vuelto a pagar para que saliera el anuncio en el periódico. No pensaba en ello, al menos no demasiado, y cuando lo hacía sacudía la cabeza y se reprendía por no haberse acercado a ella cuando había tenido la oportunidad. Lamentarse, a pesar de que no servía de nada, era lo único que le quedaba. Intentaba no buscarla en cada estación de metro o de tren, y aunque no siempre lo conseguía, quizá desde hacía un par de días ya no se le aceleraba tanto el corazón cuando un vagón se detenía delante de él y abría las puertas. O quizá sí.

Su jefe, el señor Ramón, acababa de llamarlo al despacho así que guardó el archivo en el que estaba trabajando y se levantó de la silla. Mientras recorría el pasillo se aseguró de tener el móvil en silencio y en la pantalla se encontró un mensaje de Ricky recordándole que esa tarde habían quedado para salir a correr. Le respondió con un emoticono y devolvió el móvil al bolsillo, le iría bien hacer ejercicio y seguro que Ricky se encargaría de recordarle que era un idiota por darle tantas vueltas a algo que ya no tenía remedio.

No sabía que esa tarde tendría muchas más cosas que contarle a su amigo.

-¿Cómo que tu empresa se traslada? ¿Dónde? ¿Por qué? -Ricky estaba tan perplejo como Óscar.

-Hemos crecido demasiado, les va demasiado bien. No te imaginas la cara que tenía Ramón, cualquiera diría que me estaba comunicando el cierre y no una expansión -le respondió Óscar, intentando mantener el ritmo de la respiración mientras corrían-. Él quiere ese despacho como si fuera un hijo, diría que incluso más que a alguno de ellos. Odia la idea del traslado.

-Es su empresa, si no quiere trasladarla que no la traslade -señaló Ricky quien al parecer todavía podía respirar perfectamente.

-Se lo he dicho, pero no es posible. Falta espacio y donde están ahora ya no pueden crecer. No hay nada que hacer, dentro de un mes estaremos en el nuevo edificio.

-Bueno, lo cierto es que la zona del 22@ le pega más a tu empresa.

-No es mi empresa.

-Ya me entiendes. -Ricky se detuvo de golpe y se secó el sudor de la frente-. Espera un momento. Este mal humor es porque vas a tener que cambiar de línea de metro.

No fue una pregunta.

-¿Qué? ¡No! -Óscar reanudó la marcha sin esperarlo-. No digas tonterías.

-¡Es por eso! -Ricky aceleró y lo atrapó en pocos segundos-. Es por eso.

Óscar apretó los dientes y apresuró el paso, se preparó para el discurso de Ricky donde sin duda le diría que tenía que dejar de pensar en esa chica a la que ni siquiera conocía y que se centrase de una vez.

-Mira, Óscar, sé que a veces es difícil dejar de pensar en alguien. Joder, a veces es incluso imposible.

Ricky lo cogió tan desprevenido que Óscar giró la cabeza para asegurarse de que su amigo no le estaba tomando el pelo, pero lo encontró con la mirada fija hacia delante y los puños cerrados tan fuertes que incluso vibraban.

-¿Estás bien, Ricardo? ¿Te ha sucedido algo?

-Tienes que dejar atrás la chica del cuaderno amarillo, olvidarte de ella.

Óscar esperó a que su amigo añadiera algo más, sin embargo se quedó en silencio y apretó el ritmo.

-Tienes razón -aceptó y añadió después-. ¿De verdad estás bien?

-Lo estaré, no te preocupes por mí.

Terminaron la carrera en silencio sin volver a hablar de ese tema ni de ningún otro hasta que se despidieron en la misma esquina donde se habían encontrado un par de horas antes.

-Este sábado he quedado con Paloma, la amiga de mi prima.

Ricky arrugó las cejas.

-¿No habíais quedado hace unas semanas?

-Sí, pero a Paloma le surgió algo a última hora y tuvimos que posponerlo. Un familiar llegó de viaje y tuvieron na especie de celebración improvisada. Nos hemos mandado un par de mensajes estos días.

-Genial. ¿Nos vemos el viernes?

-Claro.

El semáforo se puso en verde, Ricky asintió a modo de despedida y cada uno se dirigió a su casa. Óscar tuvo el presentimiento de que el viernes, cuando coincidieran también con Héctor en el bar de siempre, Ricky no mencionaría nada sobre sí mismo ni sobre aquellas respuestas tan raras que hoy le había dado. Al menos, pensó mientras se duchaba, no era el único de sus amigos que estaba hecho un lío.

El sábado a las siete de la tarde Óscar y Paloma entraban en el jardín d’Horta de Barcelona, brillaba el sol y hacía calor, soplaba una brisa agradable que insistía en despeinar el pelo largo y rubio de Paloma. Ella sonreía y se colocaba el mechón detrás de la oreja derecha.

-No puedo creerme que sea la primera vez que estoy aquí -afirmó cuando se detuvieron ante la escultura de Eros justo en el corazón del laberinto-. Es precioso.

-Lo es. -Óscar se alegraba de haber escogido aquel lugar. Esa mañana lo había dudado, había visitado el jardín de pequeño varias veces y le fascinaba desde entonces y nunca había llevado allí a nadie-. ¿Cuándo te mudaste aquí?

-Hace cinco años. La ciudad siempre me había gustado y ya tenía varios amigos aquí, como tu prima, así que cuando me surgió la oportunidad la aproveché. ¿Tú has vivido en alguna otra ciudad?

Óscar sonrió.

-Me temo que en ese sentido no soy nada aventurero. Siempre he vivido aquí, exceptuando el Erasmus que hice en Dublín, pero no quiero echar a perder la imagen que tienes de mí con anécdotas de esos meses.

-Oh, vamos, tienes que contármelo. Ya sabes lo que dicen, lo que pasa en un Erasmus no cuenta.

-¿Eso dicen?

Paloma se encogió de hombros.

-Ni idea, estoy intentando convencerte para que sueltes la lengua y me cuentes todos tus secretos.

-¿Todos? ¿Ahora?

-Bueno, quizá podríamos empezar por uno y ver qué pasa. Y eso vale para los dos, ¿qué te parece?

La miró, el sol empezaba a despedirse de la ciudad y la sonrisa de Paloma hacía que le brillasen los ojos y que él quisiera creer en principios felices. Era mejor creer en principios que en finales, Óscar siempre lo había visto así.

-Me parece una gran idea.

*****

Valentina no había vuelto a encontrarse con él y tampoco había encontrado el viejo cuaderno amarillo. Había puesto la habitación patas arriba, el comedor, la cocina. Nada. El cuaderno no estaba en ninguna parte. A pesar de que sabía que era absurdo, porque no lo había llevado nunca allí, también lo buscó en casa de sus amigos y de su familia y en el trabajo. El cuaderno no estaba en ninguna parte y a ella le escocían los ojos cada vez que se decía a sí misma que tenía que asumir que lo había perdido para siempre. Le escocían los ojos y se le retorcía el estómago. No se veía capaz de resignarse a la idea de haberse quedado sin esos dibujos. Había intentado repetirlos todos, los de sus sobrinos, los esbozos del parque, cualquier garabato que le había pasado por la cabeza y que había ido a parar a ese viejo cuaderno lo repetía ahora en el nuevo con la esperanza de que así su imaginación adquiriera poderes sobrehumanos y recordase cada detalle de entonces por pequeño que fuera. No había funcionado.

Al chico de las gafas sí conseguía dibujarlo, algo le decía que podría hacerlo siempre, pero el logotipo de la empresa donde supuestamente él trabajaba no. Había dibujado distintas combinaciones de letras y formas y había buscado como una posesa por las páginas amarillas, google maps y cualquier otra opción posible y sí, había hecho una especie de lista, pero ¿qué podía hacer? ¿llamar y preguntar si allí trabajaba un chico alto, moreno, con gafas y con la sonrisa ladeada? Tendría suerte si no la insultaban antes de colgarle el teléfono. Esa idea había sido una estupidez, una de esas ideas absurdas que solo salen bien en las películas de Hollywood.

La otra opción, sin embargo, la de resignarse, no se la había planteado porque sabía que de un modo u otro iba a encontrase de nuevo con él. Lo sabía.

-Eh, Valentina, ¿estás lista para embarcar? Ya han abierto la puerta de nuestro vuelo.

Levantó la mirada, se había pasado los últimos minutos con los ojos fijos en las baldosas del aeropuerto, pensando en el chico de las gafas y buscando flores imaginarias en el estampado del mármol. Elias la observaba paciente, él siempre lo era.

-Sí, estoy lista. -Se levantó y se colgó el bolso del hombro-. ¿Vamos?

Elias le sonrió.

-¿En qué estabas pensando? Parecías algo preocupada.

-He perdido mi cuaderno amarillo, el viejo -añadió cuando él clavó la mirada en el cuaderno que ella sujetaba en la mano.

-Lo encontrarás, ya lo verás. Seguro que está debajo de alguno de esos montones de papeles que tienes en tu mesa.

-¿Te estás burlando de mí?

-No, bueno, vale, quizá un poco. Los dos sabemos que no eres lo que se dice ordenada.

-Soy ordenada a mí manera. Tú podrías dirigir un ejército.

-Cierto.

Elias le entregó al empleado de la compañía aérea su perfecta tarjeta de embarque junto con el pasaporte abierto en la página correcta y completamente alineado para que pudiese leerlos ambos sin moverlos. Valentina le dio la tarjeta arrugada, la había doblado para meterla en el bolso, y tuvo y que buscar la página del pasaporte. Dentro del avión ocuparon sus asientos, uno al lado del otro, y se dispusieron a pasar las trece horas de vuelo hasta Japón.

Cuando a Valentina le preguntaban dónde trabajaba ella respondía en una fábrica de colores. Seguro que el departamento de dirección se quejaría si lo supiera, era una manera muy simplista de definir el alcance de lo que hacía esa compañía, pero eso era a lo que se dedicaban: a hacer colores. Fabricaban las tintas físicas que después se vendían a las imprentas de casi todo el mundo y también las imágenes de las tintas que aparecen en las pantallas de los ordenadores. Era algo difícil de explicar, aunque Valentina conseguía hacerlo muy bien. Ella decía: ¿cómo sabes que el azul de la pantalla de tu ordenador es el mismo azul que el de la mía? Pues porque yo o alguno de mis compañeros nos hemos asegurado de que lo sea.

De entrada podía parecer un trabajo poco o nada creativo, la misma Valentina lo había creído así el primer día que entró allí para hacer prácticas como estudiante, y en contra de todo pronóstico la enamoró por completo. Sí, había días aburridos, pero otros, como cuando por ejemplo se pasó una semana buscando el lila perfecto para las ilustraciones de un cuento infantil antes de que lo mandasen a imprenta, durante los que se sentía como si fuera una especie de maga. O quizá un hada, como la llamaba una de sus sobrinas, el hada de los colores.

Ahora Elías y ella iban a pasarse dos meses en Japón porque su empresa se había fusionado con una de allí y tenían que sincronizar su departamento, el departamento de colores, con el japonés. A ella siempre le había fascinado el país nipón, el modo en que tenían de enfocar el arte y sus distintas facetas, la importancia que le daban a cada detalle. En su último viaje había asistido a una reunión en la que se habían pasado dos horas hablando de los distintos matices que podían tener las hojas y las flores de un cerezo. En Barcelona probablemente lo habrían solucionado con un: ¿de verdad tiene que salir ese árbol en esa escena? ¿No podemos quitarlo?

Cerró el cuaderno, había estado dibujando al pequeño Miguel, su último sobrino. Tenía muchos, nunca demasiados. El padre de Valentina, al que ella adoraba aunque no siempre se llevase bien con él, se había casado tres veces y por eso ella tenía un montón de hermanastros y hermanastras y de primas que en realidad no lo eran o sí lo eran, según con quién hablases. Ella había dejado de buscar etiquetas y simplemente se sentía muy afortunada de tener a tanta gente en su familia. Guardó el cuaderno porque vio que iban a servirles el almuerzo o la cena, ya había perdido la noción del tiempo, antes de aterrizar y despertó a Elias.

-Eh, despierta y no pongas esa mala cara. Me pediste que te despertase, insiste.- Le sacudió por el hombro de nuevo-. Me dijiste que si no comías o bebías algo antes de aterrizar no servirías para nada.

-Está bien, está bien -farfulló-, deja de sacudirme.

-Usted perdone -se burló-. Veo que eres de los que necesitan mimos por la mañana.

-Quizá. -Estiró los brazos-. Quién sabe, diría que todo depende de quién haga los mimos. -Le guiñó el ojo-. ¿Qué toca ahora, cena, almuerzo, desayuno?

-No tengo ni idea.

Los dos sonrieron y aceptaron las bandejas.

Elías era un par de años mayor que Valentina, se habían conocido una mañana en el trabajo, cuando ella volvió allí al terminar la carrera de bellas artes y tras aceptar un puesto fijo. Él era químico y se encargaba de que las combinaciones que a veces sugería Valentina para las tintas físicas no fuesen dañinas para los humanos y no hicieran estallar las máquinas. Él exageraba al explicarlo así, aunque algo de razón tenía. Se habían hecho amigos casi al instante, después de que él le pidiese para salir una semana después de conocerla y de que ella lo rechazase aduciendo que no quería salir con alguien del trabajo y mucho menos justo después de empezar. Él había asentido y le había dicho: bueno, pues entonces seremos buenos amigos.

Una vez al año, como si fuera una especie de tradición, él volvía a pedirle una cita “no como amigos”, siempre le decía: ahora ya no eres nueva en el trabajo y de todos modos casi todo el mundo cree que salimos juntos.

Era cierto, no había manera de convencer a ninguno de sus compañeros de que ellos dos solo eran amigos. Vale, ellos no ayudaban, a menudo llegaban juntos a los actos sociales de la empresa porque Elias pasaba a recogerla o porque ella se detenía en casa de él de camino, pero nada más. Y solían comer juntos al menos un par de veces por semana, pero solo porque sus trabajos les llevaban a coincidir casi a diario.

Y ahora iban a pasar dos meses juntos en Japón. En habitaciones separadas, por supuesto.

Además, Elias no tenía ningún problema en lo que a citas se refería y estaba al tanto de la “situación con el chico de las gafas”, él siempre levantaba las manos y dibujaba comillas en el aire con los dedos para referirse a él, incluso se había ofrecido a ayudarla a buscarlo. Valentina de momento se había negado.

-Por cierto, ¿llegaste a encontrar alguna pista sobre el chico de las gafas? -le preguntó como si le hubiese leído la mente.

-No, por ahora nada.

-Vaya, lo siento. -Engulló el zumo de naranja-. No te preocupes, seguro que cuando vuelvas tendrás más suerte.

-Quién sabe.

-Eh, no pongas esa cara. -Le levantó el rostro sujetándola por el mentón y le sonrió-. Piensa que quizá te has salvado de una buena, quizás el chico ese es un imbécil. No todos pueden ser como yo.

-No, claro que no -sonrió y Elias se apartó porque había conseguido su objetivo.

-Me alegro de que lo tengas claro.

La primera semana pasó sin que Valentina tuviera tiempo de respirar ni de pensar en nada excepto trabajo, cuando llegó el viernes lo único que quería hacer era volver al pequeño apartamento que les habían alquilado y desmayarse en el sofá.

-Ah, todavía estás aquí. -Una de sus compañeras, una alemana instalada en Tokyo desde hacía años apareció frente a su mesa-. ¿Puedo pedirte un favor?

-Claro -aceptó, bien podía esperar media hora más-. Dime.

-¿Puedes mandar un correo a esta empresa de Barcelona? Mi ordenador ha muerto y tengo que irme ya.

-Claro -repitió y la alemana suspiró aliviada y le dejó un papel en el escritorio antes de salir disparada gritándole que no hacía falta que fuese muy formal, que el chico que iba a recibirlo era encantador.

El correo decía así:

 

Hola, Óscar

Soy Valentina, Helga me ha pedido que te escriba en su nombre. Su ordenador ha pasado a mejor vida.

¿Puedes mandarme a mí los contratos?

 

Gracias y saludos (agotados) desde Tokyo

 

Valentina

 

Recibió la respuesta unos minutos después, pero ella ya había apagado el ordenador. Esto es lo que decía:

 

Hola, Valentina

 

Estos son los contratos que necesita Helga. Gracias por escribir en su nombre, dale el pésame por su ordenador, espero que el pobre no haya sufrido demasiado. 

Saludos desde Barcelona,

Óscar.

Por cierto, ¿qué significa exactamente lo de creadora de colores? Lo he visto en tu firma. 

 

Óscar esperó a ver si recibía una respuesta, pero pasados unos minutos sin éxito volvió a centrarse en lo que estaba haciendo. El traslado había sido un caos y para empeorar las cosas sus jefes habían decidido contratar los servicios de una empresa japonesa para los siguientes proyectos y le había tocado a él “porque tú te entenderás mejor con ellos” gestionar ciertos temas. Él no acababa de entender a qué se debía el cambio, al fin y al cabo ellos hacían mapas. Mapas. ¿Qué diferencia podía haber entre imprimirlos allí o en Japón?

Actualizó de nuevo la bandeja de correo y aunque recibió unos cuantos ninguno era de esa chica. Valentina. No sabía qué le había llevado a bromear con ella, quizá aquel agotados entre paréntesis o quizá el nombre, al leerlo había tenido una sensación extraña, o quizá… le vibró el móvil. Era un mensaje de Héctor recordándole que habían quedado esa tarde.

Tenía que dejar de pensar en tonterías y terminar lo que estaba haciendo.»

© Posibilidades, Anna Casanovas

Imágenes de Pinterest.

¿Qué creéis que pasará ahora? Dos meses en Japón dan para mucho y quizá Elías y Valentina descubran algo nuevo y hasta ahora desconocido sobre su relación o quizá no. Y Óscar y Paloma, su paseo por el jardín de Horta fue mágico, claro que el lugar ayuda mucho. ¿Y qué creéis que le pasa a Ricky? Porque está claro que algo le pasa. ¿Volverán a intercambiar correos Óscar y Valentina o sucederá como en esa última estación donde no llegaron a encontrarse? ¿Creéis que en algún momento él sabrá que le ha escrito un correo a la chica del cuaderno amarillo? Y ella ¿sabrá que él es el chico de las gafas?  Contadme qué opináis 😉

Nos vemos en unos días con la siguiente entrega y comprobamos si vuestras teorías son ciertas.

Gracias por leer Posibilidades

Anna

6 comentarios el “Posibilidades: Mapas y citas (capítulo 4)

  1. Montserrat
    mayo 29, 2020

    ¡Anna me ha encantado! Pero sabe a poco. En el momento en que piensas que vas a saber más, se acaba. Aunque así leeremos la siguiente entrega con más ganas todavía.

    Buen fin de semana.

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  2. Almudena
    mayo 29, 2020

    Que intriga… por favor, no nos dejes así!!! Ten piedad
    Estoy deseando saber más
    En la próxima entrega que el relato sea más largo
    Yo creo que van a escribirse más correos sin saber quién es quién hasta que en alguna pregunta personal surge lo del cuaderno amarillo y…. catapún!!! Ya está el lío montado, porque él estará saliendo con Paloma y ella con Elias. Y todas nos echaremos las manos a la cabeza y nos tiraremos de los pelos por tu culpa, Anna. A que si?? A qué vas a liar un buen enredo

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  3. Camila
    mayo 29, 2020

    Ayyyyyyy!!!! Cada vez se complica maaaaasss!!! Hermoso Anna, seguiré pendiente de cómo continúa!

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  4. Beatriz
    mayo 29, 2020

    Enganchada. Me he leído todas las entradas del tirón y ahora quiero más. Gracias

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  5. Pepa
    mayo 30, 2020

    Hola!!!
    Por fin, un contacto!!! a ver a qué les lleva (crucemos dedos) y no, espero que no sepan quien es quien, así habrá más juego y misterio, jajajaja
    Mil gracias por el relato, sabe a poco, aunque creo que ya te lo han dicho

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  6. Cris
    junio 7, 2020

    Aix, ¿para cuando la próxima entrega?
    Deseando poder leerla!

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