Anna Casanovas

Escritora, convencida de que existen los finales felices. Librianna es mi lugar especial, ¿quieres conocerlo?

Posibilidades: lejos, cerca (capítulo 7)

Del proceso de escribir siempre me ha fascinado lo reales que pueden llegar a convertirse para mí los personajes en los que estoy trabajando. Con Posibilidades me está sucediendo algo especial, es la primera vez que escribo -o intento escribir- dos novelas a la vez. (No a la vez a la vez, espero que me entendáis, la novela de Martina está en una fase distinta a Posibilidades). Lo que quería contaros es que estoy escribiendo o corriendo un capítulo de Martina y pienso “si Valentina apareciera por aquí diría esto o lo otro” e igual al revés. No os cuento más tribulaciones y os dejo con un nuevo capítulo de Posibilidades.

 

Posibilidades: lejos, cerca

Capítulo 7

«Helga y Ramón, ella en la oficina de Tokyo y él en la de Barcelona, observaban a Óscar y a Valentina sin entender nada y estos no parecían estar dispuestos a explicarles qué estaba sucediendo. Más que dispuestos, no parecían capaces de hablar ni de reaccionar. Estaban inmóviles mirándose a través de las pantallas de ordenador, casi sin pestañear y apenas pronunciando nada más excepto sus nombres.

Helga, eficiente y resolutiva como siempre, tocó el hombro de Valentina hasta que esta le prestó atención y hablándole bajito le recordó que estaban en una reunión. Valentina se sonrojó, lo que produjo un efecto curioso en el pecho de Óscar, y se apartó de la cámara. No volvió a su mesa, esa del fondo de la que unos minutos antes se había levantado, sino que desapareció completamente del encuadre y la sensación esa tan peculiar del pecho de Óscar incrementó y mutó hasta convertirse en pánico.

Ramón le dio las gracias a Helga y dado que Óscar seguía allí petrificado siguió el ejemplo de la mujer y lo zarandeó un poco.

-Óscar, tenemos que empezar la reunión -fue severo, aunque no alzó la voz. En el aire todavía flotaba la extrañeza del momento.

-Sí, sí. Perdón. -Parpadeó y sacudió la cabeza-. Tengo que… -¿qué tenía que hacer? Le resultaba imposible pensar-. Tengo que… -Bajó la vista-… a ver si arreglo esto. -Las manchas de café se habían extendido y probablemente la camisa era insalvable.

-Claro. -Ramón le dio una palmada en el hombro-. Tómate tu tiempo. Pilar y yo empezaremos sin ti, añádate cuando termines ¿de acuerdo?

-Claro, claro. Gracias.

Salió apresurado de la sala de reuniones, pero en vez de ir al baño para intentar quitar esas manchas corrió hacia su despacho y puso en marcha el ordenador. «Vamos, vamos». Por fin aparecieron los iconos necesarios y abrió el correo. De un modo u otro tenía que asegurarse de que lo que acababa de suceder era verdad. Los pensamientos se golpeaban unos con otros en su cabeza para abrirse paso y el corazón le latía tan rápido que apenas podía respirar. No tenía ni idea de qué iba a escribirle, quería contarle tanto que no podía elegir cómo empezar.

Ella sí. En su bandeja de entrada lo estaba esperando un email con una única palabra en el asunto: lejos.

Lo abrió.

No puedo creerme que seas tú, el chico del metro, el chico de las gafas.Yo te llamo así… por fin sé tu nombre. Óscar. Óscar. Y estamos tan lejos, no podríamos estarlo más. Lo siento, no tiene sentido lo que estoy escribiendo es que… necesitaría dibujarlo. Tengo que irme. Ahora tengo que irme. Hasta mañana. 

Valentina

 

¿Hasta mañana? ¿Tenía que irse? Óscar observó confuso y furioso, sí, estaba furioso, la pantalla del ordenador. Era injusto que la hubiese visto, que hubiese escuchado su voz, que hubiese descubierto su nombre apenas unos minutos antes y ahora tuviera que esperar hasta mañana. Valentina. Por fin tenía un nombre para la chica del cuaderno y tener era el verbo perfecto para describir aquel instante. Ahora que sabía su nombre Óscar tenía una pequeña parte, pequeñísima, de la verdad de Valentina. Hasta aquel momento se había conformado con el cuaderno, más que conformar, se había refugiado en él, se había agarrado a aquel puñado de hojas de papel como un naufrago a una tabla. Estaba convencido de que sin el cuaderno Héctor y Ricky no habrían creído que la chica del metro era real, le habrían dicho que se la había inventado para no hablar con una chica de verdad.

Valentina era de verdad y llevaban semanas intercambiándose correos, hablando de detalles que no tenían nada que ver con el trabajo y que, al menos en su caso, no contaba a nadie. No eran secretos, solo anécdotas o curiosidades que solo había compartido con ella.

Le dio a responder y cambió el asunto del correo: cerca

Son quilómetros, Valentina. Quilómetros. Nada más. Corrí detrás de ti en una estación hace meses, estábamos en la misma ciudad, en la misma estación, en el mismo metro y no te alcancé. Ahora sé tu nombre y tú el mío. Estamos cerca. Mucho más que antes. 

Tengo tu cuaderno.

Por fin podemos ser… –dejó el cursor pensando… ¿amigos? borró esa palabra, le había anudado el estómago, y después borró la frase entera-. Por fin podemos ser

Por fin podemos conocernos

Óscar

El chico de las gafas. 

 

Le dio a enviar.

Sí, estaban muy lejos, pero podía ser peor. Él podría haber nacido cincuenta años antes que ella, un siglo antes. Podría haber vivido en otro continente toda la vida, cruzarse solo un día en un aeropuerto porque ese día y solo ese día se hubiesen alineado todas las estrellas del universo una a una, de la primera a la última. Óscar sonrió, en realidad, tenían mucha suerte. Se habían conocido y nada de lo que pasase o no pasase a partir de ahora cambiaría eso.

-Óscar, Ramón tiene una consulta -Pilar estaba de pie junto a él-, ¿todavía no has ido al baño? Dudo mucho que puedas salvar esta camisa.

Óscar bajó la vista hacia la prenda sin perder la sonrisa.

-Yo también lo dudo. No importa. Solo es una camisa. -Se levantó y fue a la sala de reuniones.

Se sentía el hombre más afortunado del mundo, un universo de posibilidades acababa de abrirse delante de él y de Valentina.

*****

Valentina estaba sentada en su banco preferido del parque que le había robado el corazón la primera vez que visitó Tokyo. Aquel día estaba muerta de miedo, nunca había viajado tan lejos y tan sola. Había sido por trabajo, el que tenía antes en una empresa donde las chicas por mucho talento que tuvieran y por más eficientes, listas o trabajadoras que fueran quedaban estancadas en ciertos puestos y perdían incluso el nombre. Su exjefe las llamaba nenas o cariño y cuando alguna se quejaba respondía airado que no tenía por qué ponerse así, que acabaría con el cejo arrugado para siempre por ser tan arisca y antipática. Aquel viaje había sido horrible, una pesadilla. Había viajado con él; su jefe lo había llamado su gran oportunidad y Valentina todavía sentía arcadas al recordarlo. No iba a pensar en eso, no quería que esos recuerdos se mezclaran de ninguna manera con lo que acababa de suceder minutos antes.

Óscar era el chico del metro.

Tendría que haberlo sabido.

Sonrió y dejó unas nueces en una esquina del banco. Había un día de aquel primer viaje que seguía siendo una nube negra, pero la mañana siguiente, justo después de que Valentina tomase esa decisión fue a pasear por la ciudad. Era temprano, apenas había salido el sol y sin saber cómo llegó a ese parque, el mismo en el que estaba ahora, y rompió a llorar. Se sentó en ese banco, dejó que las lágrimas le hicieran compañía y se prometió que todo iba a salir bien. Absurdo, por supuesto. Notó algo, unas cosquillas y se sobresaltó asustada. Abrió los ojos y vio una ardilla y después otra. No tenían nada especial, en Tokyo había ardillas voladoras y, sin embargo, esas dos eran ardillas normal y corrientes. Una sujetaba una nuez o algo parecido y la otra una flor, una margarita maltrecha que dejó justo al lado del pañuelo que Valentina había dejado caer al levantarse. Era una tontería, pero había guardado esa margarita durante mucho tiempo. Al principio la había llevado en el monedero, después la había pegado en una de las páginas del cuaderno amarillo, ese que todavía no había logrado encontrar. La margarita ya no le hacía falta, pensó, pero aquel banco seguía siendo su lugar especial en la ciudad.

Óscar.

Había empezado a creer que no volvería verlo nunca más y aun así, ahora que lo pensaba, desde que había empezado a intercambiar correos con él los sueños con el chico de las gafas habían cambiado, igual que sus dibujos. Eran más cercanos, más reales como si el destino la hubiese estado acercando a él, preparándola para ese momento.

Apenas había conseguido pronunciar dos frase con sentido y después de que Helga le recordase que tenían una reunión y que ese instante mágico había sucedido delante de uno de sus mejores clientes había tenido que irse. La realidad se le había venido encima y tenía que refugiarse. Antes le había escrito un correo a Óscar porque quería tener una prueba tangible de que le había conocido de verdad. Y porque no quería que él la llamase o la escribiera y no la encontrase.

Quizá no lo haría.

Quizá él no había pensado en ella durante estos meses, quizá no había dedicado ni un segundo de su tiempo a esa desconocida del metro a la que había pillado dibujándole meses atrás. Quizá aquel día que ella había creído verlo corriendo detrás de ella solo había sido casualidad y él había ido en busca de otra persona.

O quizá sí había pensado en ella, quizá incluso tanto como ella en él y… ¿entonces qué?

Le vibró el teléfono y miró la pantalla para ahuyentar lo imposible. Era un mensaje de Penélope.

¡¡¡¡¡Felicidades!!!!! Sabía que lo conseguirías. Hablamos luego 😘

Esa mañana Valentina no habría tenido que estar en el trabajo, había ido allí porque necesitaba la firma de su jefa en un documento para la universidad, para formalizar definitivamente la matrícula del curso de ilustración animada al que de milagro la habían admitido. Un curso al que solo admitían dos extranjeros cada año y al que para considerasen tu candidatura tenías que presentar un porfolio impresionante y un proyecto libre, así que además de necesitar un milagro necesitabas tener un currículum impresionante y una dosis nada desdeñable de talento tal como le recordaba Penélope.

Unos segundos antes de que el rostro de Óscar apareciera en la pantalla del ordenador de Helga y de que esta le pidiese que se acercase Valentina le había dado al intro y había terminado oficialmente de matricularse. Le había mandado una foto a Pe para inmortalizar el momento, en los auriculares sonaba una de sus canciones preferidas y había ignorado el sudor frío y el vértigo. Era normal, se había dicho, acababa de comprometerse a quedarse allí durante mucho más tiempo del que había creído en un principio. Iba a ser una aventura, el principio de algo maravilloso. Aprendería ilustración con profesores a los que llevaba años admirando y tendría acceso a un mundo con el que solo se había atrevido a soñar.

Lejos de casa.

Lejos de lo que fuera que quizá algún día habría llegado a suceder con Óscar.

La sensación de pérdida que la abrumaba era absurda. Tendría que estar flotando en una nube. Apenas sabía nada de ese chico y por primera vez en mucho tiempo, en muchísimo tiempo, su vida empezaba a gustarle.

-Sabía que te encontraría aquí.

Valentina se giró.

-Sí -le sonrió a Elias-, me encanta este parque.

-Es tu banco preferido. Me lo contaste, aunque no me dijiste por qué. -Señaló el espacio que quedaba vacío-. ¿Puedo sentarme?

-Claro.

-Helga me ha dicho que has pasado por la oficina porque te faltaban unos papeles. ¿Ya es oficial?

-¿El qué?

-La matrícula. ¿Estoy sentado al lado de la futura creadora de Candy Candy?

-No. Bueno, sí. Me he matriculado.

-Me alegro. -Había tal sinceridad en la voz de Elias que Valentina lo miró intrigada.

-¿Por qué? ¿Por qué te alegras?

-Estoy impaciente por descubrir qué historias tienes que contarnos, Valentina.

Ella tuvo que apartar la mirada, la llevó hacia delante, hacía la ciudad que los rodeaba. Llevaba tanto tiempo refugiada en sus dibujos, en el trabajo, incluso en la imposibilidad que representaba el chico de las gafas que había estado a punto de olvidarse de vivir. Arriesgarse a dar una oportunidad al chico que tenía a su lado era más aterrador que dársela a uno que vivía miles de quilómetros de distancia, aun así… Soltó el aliento.

Era absurdo. Ni Elias ni el chico de las gafas, Óscar, eran pares de zapatos, no eran intercambiables ni tampoco objetos inanimados sin opinión.

-¿En qué estás pensando?

-No me gusta el final de Candy Candy.

Elias ensanchó la sonrisa.

-Confieso que no lo vi en su momento, yo era más de Bola de Drac, pero tuve una novia que me obligó a pasar por ese rito de paso.

-¿Y?

-Tienes razón, es horrible.

-¿Qué pasó con ella?

-¿Con Candy Candy? Pues que…

-No, idiota, con la novia. Ver Candy Candy con alguien es algo serio. -No lo hizo, pero le habría gustado darle las gracias a Elias por ese instante, por alejarla de sus dudas. Por estar allí.

-Y que lo digas. Lloró desconsolada y no lo entendí, lo reconozco, se sabía el final de memoria y había insistido ella en que lo viéramos. En fin. me alegra poder decirte que Carmen está felizmente casada con un tío estupendo, uno de mis mejores amigos, les presenté yo en realidad, tienen dos niños y gestiona la logística de una flota de camiones. Carmen y Toni, así se llama mi amigo, hacen cosplay. Todavía no he logrado borrarme de la mente la imagen de la última vez que los vi.

-¿Tienes una foto?

-Pues claro, ¿quieres verla? -Valentina asintió y Elias buscó el móvil-. ¿Tú qué final le habrías puesto a Candy Candy? Solo por curiosidad.

-Detecto cierto interés en Candy, Elias, no disimules.

-Está bien, lo reconozco, me interesa.

-¿Sabes que hace unos años salió una novela con el “final definitivo” -Hizo el gesto de comillas en el aire- y que Candy se casa con Terry?

Elias abrió los ojos y fingió, o tal vez no, indignación.

-Mira, estos locos son mis amigos. -Le enseñó la foto en la que él aparecía en medio sin disfrazar y sujetando en brazos a un niño pequeño.

-Os lleváis muy bien, salta a la vista.

-Como amigos no están mal. Cuando volvamos a Barcelona os presento.

Valentina perdió la sonrisa.

-Tardaré un poco.

-No importa. Nos estamos poniendo melancólicos y no puede ser. Tenemos que celebrar que vas a ser una dibujante famosa. -Elias se frotó las palmas y se levantó del banco para tenderle una mano-. ¿Vamos?

-¿A dónde?

-A celebrar que pase lo que pase tú nunca le habrías hecho eso a Candy y a Anthony.

-Lo sabía -Valentina soltó una carcajada-, sabía que Anthony era tu preferido.

*****

-¿Me estás diciendo que la chica del metro, la que se dejó olvidado aquel cuaderno amarillo trabaja en Japón en una empresa relacionada con la tuya? -Héctor dejó la cerveza en el aire, a medio camino entre la besa y sus labios.

-Sí.

-¿Y te has enterado al verla en una vídeo llamada? -añadió Ricky igual de perplejo.

-Exacto.

-¿Y llevas semanas intercambiando correos de trabajo con ella?

-Sí. Chicos, para ser listos hoy estáis muy ofuscados.

-Es que, joder, Óscar.

-Sí, joder -convino él.

-No la encontraste en Barcelona ¿y la encuentras en Japón? -Ricky bebió un trago largo-. ¿Y qué vas a hacer?

-¿Cómo que qué voy a hacer? -Óscar bufó frustrado-. Nada. Escribirle. Llamarla, ¿qué sé yo?

-Eh, calma. Quizá es una imbécil. -Rectificó al ver el cambio en los ojos de su amigo-. Vale, vale, no lo es.

-Lo que Ricky está intentando decirte con su habitual falta  de tacto es que es fácil fijarte en un físico, en una sonrisa, en una mirada, pero que quizá después, cuando hablas con esa persona no hay nada. No hay chispa. Nada de nada.

-Sí, exacto, eso es lo que quería decir.

-Suena como si supieras de lo que hablas, Héctor. ¿Ha sucedido algo?

El aludido miró a Óscar y este tuvo la sensación de que su amigo estaba muy lejos, pensando en otra persona, y que tardaba unos segundos en volver a ese bar en el que se habían reunido.

-No, nada. Estoy algo ausente, lo siento. Ricky es un bruto -el bruto en cuestión y le hizo un gesto obsceno-, pero tiene razón. Quién sabe qué sucederá si llegas a hablar con esa chica, quizá descubras que solo te dibujaba porque eras el tío más feo del metro.

Sus amigos se rieron a su costa y Óscar se lo permitió.

-No sé por qué os cuento estas cosas, tenéis la sensibilidad de una suela de zapato -se defendió en broma.

-Cuéntaselo a Paloma, seguro que ella te aconsejará mejor -sugirió Ricky.

-A veces me pregunto cómo es posible que en tu trabajo crean que eres tan inteligente, Ricardo. -Héctor le dio un capirote-. Óscar no puede contarle a Paloma, la chica con la que está saliendo, que antes de conocerla se había pasado meses buscando a una chica que había visto en el metro en plan película romántica inglesa y que por fin la ha encontrado. Eso no se hace.

-Ah, vale, ya veo por dónde vas.

-Me alegro, me preocuparía por ti si no lo hicieras.

Óscar se quedó pensando.

-Paloma es genial -dijo en voz alta-. Y tenéis razón, quizá Valentina y yo no tendremos nada que decirnos.

-Exacto. -Héctor levantó la cerveza proponiendo un brindis-. Porque las pelis no existen.

Los tres chocaron las botellas.

-Y los finales felices tampoco -añadió Héctor antes de beber.

-A ti te ha pasado algo, eres huraño pero esto de hoy ya es demasiado. Quizá Valentina y yo no nos llevaremos bien cuando hablemos o quizá se convertirá en una buena amiga. Las posibilidades son infinitas.

-En realidad, Óscar, no lo son tanto. Cuando alguien no quiere, no quiere. No hay nada que hacer.

-Eso tampoco es del todo verdad -añadió Ricky serio de golpe-. Puedes irte y buscar a otra persona, darte otra oportunidad. Estás bien con Paloma, Óscar, incluso yo puedo verlo. No la cagues.

-No la cagaré.

-Pues brindemos por eso. -Ricky levantó las tres cervezas nuevas que acababa de traerles el camarero-. Por no cagarla.

-Por no cagarla.»

 

Gracias por leer Posibilidades. Si os apetece, contadme qué os ha parecido este capítulo. ¿Qué creéis que sucederá ahora? ¿Hablarán Valentina y Óscar? ¿De verdad está tan lejos como cree Valentina o tiene razón Óscar y ahora están más cerca que antes? ¿Qué clase de brindis es “por no cagarla”?

Besos

Anna ♥

 

© Posibilidades, Anna Casanovas

Imágenes de Pinterest.

 

8 comentarios el “Posibilidades: lejos, cerca (capítulo 7)

  1. Beatriz
    septiembre 18, 2020

    Ay, cuanto tiempo sin saber de ellos y qué emoción ese encuentro 👏🏼😍me encanta….

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  2. Camila
    septiembre 19, 2020

    Más frecuencia por favorrr, muero de intriga!!

    Gracias Anna por otra entrega 🙂

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  3. Prados Caja
    septiembre 19, 2020

    Nos hiciste esperar tanto que me ha sabido a poco. Muy poco. No sé qué tendrás pensado para ellos, pero estoy deseando leerlo.

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  4. Adriana Araña Garcia
    septiembre 20, 2020

    Totalmente de acuerdo con Oscar seguro ahora están mas cerca, aunque realmente nunca estuvieron lejos sus sueños y los sentimientos que despertaron cuando se conocieron los mantuvieron unidos, Espero ansiosa otro capitulo.Gracias Anna.

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  5. Pepa
    septiembre 20, 2020

    Hola!!
    me encanta la idea de cercalejos 😉
    Por supuesto, tienen que seguir “carteándose” por correo electrónico
    Un besote y gracias por esta entrega

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  6. Pedro bernal serrano
    septiembre 20, 2020

    A mi tambien me gusta la idea :cerca-lejos y creo que te gustaria mantenerla(correos,llamadas ,etc) y que madure la relacion Oscar-Paloma hasta qu

    e se encuentren Oscar-Valentina. UN ABRAZO.

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  7. BeatrizR
    septiembre 21, 2020

    Ay, qué emoción y cuánto sufrimiento nos espera ahora que vemos que ella se queda en Japón. Como siempre que leo un capítulo de Posibilidades, me quedo con ganas de más.

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  8. Cris
    septiembre 22, 2020

    Como me gusta cada nuevo capítulo, y que nervios nos esperan hasta el próximo. No nos dejes mucho tiempo con la intriga, por favor!!

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